Muchas personas sufren por conductas que no pueden controlar y luchan desaforadamente por un cambio. Su deseo es no volver a "fallar", y las consecuencias de esas conductas son inevitables. Además, los dedos acusadores de otros que no pueden entender (ni saben por qué se originan esas conductas) son implacables.
El sufrimiento por la impotencia es inigualable y, para sobrevivir, es necesario ponerse "máscaras". Con ellas pueden ser vistos como desean ser vistos (temporalmente) pero luego, cuando no tienen "público", vuelven a ser los mismos, las amarguras y las tristezas vuelven a ser la esencia de aquellas personas.
Es necesario entonces encontrar el origen de las conductas, pues después de emitida una conducta solo debemos esperar una consecuencia agradable o desagradable, con las respectivas emociones que las acompañan. Luchar contra una conducta sin conocer su origen es como quitar todas las telarañas de una casa sin matar la araña. Rom.1: 28 explica la asociación que existe entre la mente y la conducta: "Como ellos no quisieron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada (depravada), para hacer cosas que no convienen. "...y....si se tiene una mente aprobada... ¿qué cosas se hacen?...las que convienen, las que se deben....es claro que si quiero modificar una conducta debo hacerlo en su origen, en la mente. Si yo tengo una mente aprobada, hago cosas aprobadas y si tengo una mente reprobada, hago cosas reprobadas.
¿Qué debemos hacer? Comenzar a trabajar en nuestras mentes, según Rom.12: 2 "No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
¿Quieres comenzar a disfrutar las cosas que Dios tiene para ti? ¿Quieres comenzar a disfrutar la buena voluntad de Dios para tu vida, tu familia, tu economía, tu trabajo, etc.? Entonces, a edificar en tu mente para ser transformado; no hay tiempo que perder.Tú vas en tu automóvil y de repente en el tablero de controles se enciende una luz que titila en un indicador que tiene un tanque dibujado. ¿Qué sucede? Se está acabando la gasolina. ¿Qué debes hacer? ¿Tanquear o apagar la luz? Si el problema es la falta de gasolina debemos tanquear y la consecuencia será que el indicador (la luz) se apague. Al igual que la luz, la conducta es apenas un indicador de un problema, por eso buscar atacarla no soluciona el problema. Si desconectas el indicador (la luz) el problema no está solucionado, porque aún no hay gasolina. Lo única forma de continuar avanzando es tanquear el carro. Desconectar el indicador apenas haría que se detuviera el carro o que nos detuviéramos en la solución al problema. La solución real es tanquear y el carro para continuar su marcha. Así mismo, la
Después de la conducta viene una consecuencia. Si la conducta es adecuada, la consecuencia será agradable, pero si es inadecuada la consecuencia será desagradable.En 2 Co. 10: 3-5, “ Aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Pablo habla de lo que son unas fortalezas, haciendo un paralelo entre lo que sucede en la mente de las personas y lo que eran las fortalezas de la época. Es por ello que Pablo se refiere a algo denominado las fortalezas en la mente o fortalezas mentales; y como vimos en Rom.1: 28, ellas producen conductas.
Si un sujeto tiene una fortaleza mental adictiva,¿que conductas emitirá?. Conductas adictivas (consumo, robo, mentiras, manipulaciones, etc.); y si tiene una fortaleza mental de inseguridad¿que conductas emitirá?, pues conductas de inseguridad. Probablemente este sujeto no le hable fácilmente a una mujer, o una entrevista de trabajo se le convierta en una mala experiencia. Puede que no mire a los ojos, su tono de voz sea variable, tenga las manos sudorosas al saludar al entrevistador. O puede que en una situación difícil tome decisiones temerosas.En Jer. 23:29 Dios nos da la herramienta clave para la destrucción de esas fortalezas en la mente y la herramienta de edificación de nuevas fortalezas: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?”.¿Cómo fuego? Si, el fuego quema y cambia absolutamente a su víctima si no se le aparta de su contacto. Igualmente la palabra de Dios cambia a cualquier persona si no se le aparta de su contacto. No importa como sea una persona o como haya sido. ¿Martillo?.Una casa está hecha con bloques y ladrillos (para nuestra cultura), un edificio tambien y una fortaleza creo que tendría estos materiales. Pero para destruirla necesito, no un martillo para clavar puntillas, no un “porro, de pronto una retroexcavadora. En la época de el apóstol Pablo las fortalezas eran muy altas y gruesas, compuestas por rocas muy grandes, una sobre y al lado de otra. Estas fortalezas eran la protección del pueblo contra cualquier intento de invasión. Eran tales las fortalezas que hasta apartamento había allí. En esa época, a cambio de martillo se utilizaban catapultas para destruir esas fortalezas. La palabra de Dios es un martillo con mayor poder que todas las catapultas juntas, para la destrucción de las fortalezas mentales que se levantan contra el conocimiento de Dios y sus verdades de libertad. --Publicado por Mauricio para Libre De Adicción el 2/25/2009 10:01:00 AM
miércoles, 25 de febrero de 2009
sábado, 21 de febrero de 2009
Detalles de testimonio que involucra a Uribe con paramilitares
GONZALO GUILLEN y GERARDO REYES
El Nuevo Herald
El ex paramilitar colombiano Francisco Enrique Villalba Hernández declaró ante la Fiscalía General de Colombia en febrero pasado que el presidente Alvaro Uribe y su hermano Santiago participaron en la planeación de una masacre en el norte del departamento de Antioquia, según una copia del testimonio obtenida por El Nuevo Herald.
Parte de la confesión de Villalba, cuya credibilidad Uribe atacó esta semana, fue utilizada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para condenar a Colombia por esa masacre, ocurrida en el caserío El Aro en 1997, según un extenso fallo de ese tribunal hace dos años.
Villalba no comprometió al mandatario ni a su hermano en los testimonios ante la CIDH, pero su relato fue parte de las pruebas que sirvieron al tribunal para concluir que en la matanza de El Aro agentes de la fuerza pública colaboraron con grupos de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) para asesinar a sangre fría a por lo menos 15 campesinos "en estado de indefensión, despojando a otros de sus bienes y generando terror y desplazamiento'', según el fallo, de 160 páginas.
El mismo fallo cita un testimonio en el sentido que la gobernación del departamento de Antioquia, entonces a cargo del hoy presidente Uribe, se negó a prestar protección a los habitantes de El Aro al enterarse que el ataque paramilitar era inminente.
"Ante esta situación, como dos meses antes de la toma, la Junta de Acción Comunal de El Aro pidió protección a la gobernación [de Antioquia], la cual no fue otorgada'', expresa la sentencia del CDIH.
Hasta ahora sólo se conocían indirecta y fragmentariamente alguno aspectos de la declaración de Villalba ante la fiscalía colombiana revelados por Uribe sorpresivamente durante una entrevista radial esta semana para rechazar los señalamientos del ex paramilitar.
Pero El Nuevo Herald obtuvo una copia completa de la declaración que, en efecto, contiene reiterados testimonios de Villalba de que Uribe, cuando era gobernador del departamento de Antioquia, se codeaba con los máximos jefes de las AUC y dio carta blanca para llevar a cabo la masacre.
"[Alvaro Uribe nos dijo] que lo que hubiera que hacer que lo hiciéramos'', declaró Villalba al describir una reunión en la que participaron líderes de las AUC, militares y los hermanos Alvaro y Santiago Uribe.
La declaración de 19 páginas de Villaba describe con nombre y pormenores una estrecha relación de complicidad y camaradería entre autoridades militares y policiales con los cabecillas de los escuadrones de la muerte.
Villalba denunció la muerte de funcionarios de la fiscalía que investigaban la masacre, el asesinato de activistas de derechos humanos que colaboraban con las autoridades en el esclarecimiento de los hechos y tres atentados, uno de ellos con cianuro que le pusieron en una bebida de malta.
La declaración contiene por los menos dos inconsistencia: que uno de los militares que Villalba mencionó como participante en una reunión a finales de 1997 había fallecido en abril de ese año y que la fecha de la masacre no fue en noviembre, como él sostuvo, sino en octubre de ese año.
Cuando los paramilitares llegaron a El Aro, un caserío de unos 500 habitantes en una zona montañosa del norte del departamento de Antioquia, llevaban una lista de sus víctimas, relató Villalba al diario El Colombiano de Medellín.
A unos los mataron de un tiro en la nuca, bocabajo, en la plaza del pueblo; también ultimaron a un joven de 14 años, pero en el caso del dueño del almacén de abarrotes Marco Aurelio Areiza Osorio, un comerciante de 64 años, apreciado en la región por su generosidad, los paramilitares se ensañaron con una pasmosa frialdad.
Según los testimonios obtenidos por Human Rights Watch y periodistas colombianos, le ordenaron al comerciante que preparara un sancocho, y después que lo sirvió lo amarraron a un naranjo y, vivo, le sacaron el corazón, luego los ojos y después le arrancaron los testículos.
Algunos niños que se escondieron cerca a la plaza lo vieron todo
"El bujaba [mujía] duro y luego chillaba como un niño'', le dijo uno de los menores a los periodistas Carlos Giraldo y Miguel Garrido, de El Colombiano.
Los paramilitares ingresaron a El Aro el sábado 25 de octubre, un día antes de elecciones municipales. La toma del pueblo duró unos cuatro días, durante los cuales unos 120 paramilitares con uniformes de las AUC asesinaron campesinos, violaron mujeres, saquearon negocios y robaron unas 900 cabezas de ganado, según documentos judiciales.
Villalba, de 36 años, confesó que había participado en ésta y otras masacres de las AUC.
Tres meses después de los hechos de El Aro, se presentó ante las autoridades judiciales porque estaba cansado de tantas muertes y se habían planeado atentados con los que no concordaba, dijo. Hoy cumple una pena de 33 años de prisión en la penitenciaría La Picota de Bogotá.
Según sus declaraciones a la policía, el Ejército y las AUC planearon la toma de El Aro para escarmentar a los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y rescatar a unos ocho ganaderos y comerciantes que los rebeldes tenían secuestrados.
Villalba aseguró que tres días antes de la incursión en El Aro hubo una reunió en una finca de un hacendado --que no identificó-- en el municipio de La Caucana, en el noroeste de Antioquia. Al encuentro asistieron además de mandos militares de la IV Brigada y de la policía, cabecillas de las AUC y los hermanos Uribe, agregó.
"Estuvo también Santiago Uribe y Alvaro Uribe, que era gobernador cuando eso'', dijo el testigo.
A la pregunta de si conocía anteriormente a los Uribe, Villalba respondió que en el caso de Alvaro no, pero que Santiago "siempre fue conocido en la organización porque todavía tiene un bloque de Autodefensas en Santa Rosa de Osos''.
Villalba afirmó que se enteró de quién era Uribe después de la masacre cuando el entonces gobernador se presentó en la misma finca a felicitarlos por el éxito de la operación.
"Supe que era Alvaro Uribe porque él se presentó, habló con nosotros y dijo que la operación había sido un éxito, que los secuestrados habían salido sanos y salvos'', dijo Villaba. "Ahí llegó con un escolta, de apellido Serna'', agregó.
Los ocho secuestrados fueron liberados.
Esta semana Uribe aseguró que jamás he estado en La Caucana.
Villaba declaró a la fiscalía que años después vio de nuevo al escolta Serna, pero esta vez como guardia del Instituto Nacional Penitenciario (INPEC), en la cárcel de La Picota de Bogotá. Serna lo reconoció y lo saludó, agregó.
En la reunión previa a la masacre estuvieron presentes los cabecillas de las AUC Carlos Castaño, entonces máximo jefe de la organización y quien fue asesinado; Salvatore Mancuso, segundo al mando, y otros que identificó con los alias 'Noventa'', "Cobra'', el Negro Ricardo y Junior.
También acudió un hombre a quien identificó, vacilando, como José Ardila, de las organizaciones de autodefensas campesinas legalizadas por el gobierno y conocidas como las Convivir.
Al referirse al paradero de Ardila, Villalba dijo:
"[Ardila] estaba declarando en contra de Alvaro Uribe, a él lo sacaron de la cárcel, estaba condenado a 60 años y lo desaparecieron, no sé dónde estará''.
Mancuso fue condenado por la justicia colombiana a 40 años de prisión por la masacres de El Aro y La Granja. En esta última fueron torturadas y asesinadas cinco personas el 11 de julio de 1996.
Según el declarante, Alvaro Uribe "fue invitado por Carlos Castaño'' a la reunión previa a la masacre y luego presentado por Mancuso ante los asistentes.
En esa reunión Uribe habló en público, detalló Villalba.
"'Alvaro Uribe decía recomendaciones, que los secuestrados, que todos salieran salvos y que lo que hubiera que hacer que lo hiciéramos'', dijo el testigo.
En cuanto a la finca donde se realizaron las reuniones, el ex paramilitar señaló que "a mano izquierda hay unos corrales y una caballeriza, esa finca no tenía nombre pero todavía existe, nosotros llegamos un día antes [de la reunión], con mis 22 hombres''.
Villalba declaró ante Carlos A. Camargo Hernández, fiscal noveno especializado de la Unidad Nacional de Fiscalías de Derechos Humanos y de Derecho Internacional Humanitario, que el encuentro ''fue de día, empezó como a las 10 de la mañana y terminó [a las] 3 de la tarde, después que almorzaron y todo''.
Según el testigo, Mancuso y Castaño llegaron "en un helicóptero gris, pequeño, [que] bajó a la finca directamente'' y en la zona 'habíamos (sic) como 100 hombres [de escuadrones de la muerte] con los del pueblo y los 22 que yo tenía''.
Cuando el fiscal le preguntó si los escuadrones de la muerte recibieron ayuda de de la fuerza pública, Villalba declaró: "Sí doctor, de la IV Brigada [de Ejército]. Lo digo porque antes de la masacre hubo una reunión; hubieron (sic) retiradas de tropas de los retenes [de control militar en el área], suspendido los retenes de tropa en la carretera''.
Villalba le dijo al fiscal que con anterioridad a sus declaraciones de febrero de este año había entregado a la justicia detalles de ésta y otros masacres a funcionarios del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía General de Medellín.
También declaró sobre la participación de los hermanos Uribe, de lo cual quedaron grabaciones en cintas magnetofónicas, indicó.
Pero "las grabaciones resultaron en manos de Mancuso'', explicó Villalba, y los funcionarios del CTI fueron asesinados en septiembre de 1999.
'A ellos los mataron en Medellín, los mató la gente de la banda de La Terraza y a mí me mandaron que me callara'', dijo.
La Terraza es una enorme agencia de asesinos a sueldo de Medellín que ha operado bajo la dirección de poderosos narcotraficantes y paramilitares.
Sobre la reunión en la que participaron los hermanos Uribe Vélez, dijo Villalba, también habló varias veces con el director del CTI de Medellín, "un señor de gafitas, joven, y le comenté lo de [la reunión] de La Caucana y no dijo nada, se quedó callado''.
El testigo aseguró que también habló sobre estos temas con María Teresa Gallo, fiscal especializada de terrorismo y derechos humanos.
"Me prometió muchas cosas, como cambio de identidad, sacarme de la cárcel y mandarme a otro país'', dijo.
En enero de 2007 Villalba trasladado a Medellín para declarar contra el militar Juan Manuel Grajales por otra masacre cometida por paramilitares en noviembre de 1997 en La Balsita, municipio de Dabeiba, Antioquia.
En esa oportunidad fueron asesinadas 15 personas y entre los responsables, asegura, "también estaba el hermano de Alvaro Uribe, Santiago, que prestó como 20 pelados [sicarios] para eso''.
Villalba tiene una segunda condena de 37 años de prisión por la masacre de La Balsita. Los ''pelados'' que habría prestado el hermano del presidente Uribe, pertenecían a la banda paramilitar Los Doce Apóstoles'', que según varias versiones judiciales comandaba directamente Santiago Uribe.
Villalba afirmó que el 13 de febrero de 1998 decidió entregarse voluntariamente a la Fiscalía, pues militares activos, narcotraficantes y paramilitares planeaban varios crímenes con los que no estaba de acuerdo.
Los planes se cumplieron. Según el testigo, este grupo asesinó al periodista y humorista Jaime Garzón, al abogado Jaime Umaña y al defensor de derechos humanos Jesús María Valle Jaramillo.
Valle había advertido desde 1996 que narcotraficantes, militares y escuadrones de la muerte se disponían a cometer la masacre de El Aro. En respuesta, el hoy presidente Uribe, entonces gobernador de Antioquia, acusó públicamente a Valle de ser enemigo de las fuerzas armadas y el ejército lo enjuició por calumnia.
Luego fue asesinado en Medellín.
A Valle, dice Villalba, "lo mató la banda de La Terraza y a mí me mandaron a que me callara [...] lo mandaron a matar por las investigaciones que llevaba sobre la masacre del Aro. Era uno de los que me ayudaba porque supo cuando yo me entregué y me iban a matar para que no dijera nada''.
El fiscal que estaba encargado de la investigación de Valle, tuvo que salir del país, dijo.
Además del presidente Uribe y su hermano Santiago, en los expedientes judiciales figuran el ex general Carlos Alberto Ospina --comandante de las fuerzas armadas durante el primer gobierno de Uribe--, quien en el momento de los hechos era comandante de la Cuarta Brigada de Ejército, acantonada en Medellín, y el general de Ejército Alfonso Manosalva Florez, quien según testigos como Villalba y Mancuso entregó a los escuadrones de la muerte la lista de las personas que debían matar en La Granja y El Aro.
El presidente Uribe señaló como una de las inconsistencias de la declaración de Villalba que la afirmación que Manosalva estaba presente en una reunión en noviembre de 1997 con líderes paramilitares cuando éste había fallecido en abril de ese año.
Villalba relató que ha sido víctima de tres atentados. El primero ocurrió en la cárcel de la ciudad de Palmira después de haber hablado con la fiscal Gallo.
"Un muchacho de las autodefensas, Edison Parra, [condenado por un homicidio en el Llano, me dio una puñalada del lado izquierdo, a la altura del pecho''.
Dos meses después, "en el mismo patio me hicieron otro atentado con cianuro en una Pony Malta [marca de bebida de malta]. Me la hizo Edwin Tirado, también de las AUC, que ahora está en la cárcel de Montería, él era un ex trabajador de Mancuso''.
"Los atentados se los atribuyó a Mancuso, en esos días yo estaba declarando contra la Fuerza Pública'', agregó.
El Nuevo Herald
El ex paramilitar colombiano Francisco Enrique Villalba Hernández declaró ante la Fiscalía General de Colombia en febrero pasado que el presidente Alvaro Uribe y su hermano Santiago participaron en la planeación de una masacre en el norte del departamento de Antioquia, según una copia del testimonio obtenida por El Nuevo Herald.
Parte de la confesión de Villalba, cuya credibilidad Uribe atacó esta semana, fue utilizada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para condenar a Colombia por esa masacre, ocurrida en el caserío El Aro en 1997, según un extenso fallo de ese tribunal hace dos años.
Villalba no comprometió al mandatario ni a su hermano en los testimonios ante la CIDH, pero su relato fue parte de las pruebas que sirvieron al tribunal para concluir que en la matanza de El Aro agentes de la fuerza pública colaboraron con grupos de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) para asesinar a sangre fría a por lo menos 15 campesinos "en estado de indefensión, despojando a otros de sus bienes y generando terror y desplazamiento'', según el fallo, de 160 páginas.
El mismo fallo cita un testimonio en el sentido que la gobernación del departamento de Antioquia, entonces a cargo del hoy presidente Uribe, se negó a prestar protección a los habitantes de El Aro al enterarse que el ataque paramilitar era inminente.
"Ante esta situación, como dos meses antes de la toma, la Junta de Acción Comunal de El Aro pidió protección a la gobernación [de Antioquia], la cual no fue otorgada'', expresa la sentencia del CDIH.
Hasta ahora sólo se conocían indirecta y fragmentariamente alguno aspectos de la declaración de Villalba ante la fiscalía colombiana revelados por Uribe sorpresivamente durante una entrevista radial esta semana para rechazar los señalamientos del ex paramilitar.
Pero El Nuevo Herald obtuvo una copia completa de la declaración que, en efecto, contiene reiterados testimonios de Villalba de que Uribe, cuando era gobernador del departamento de Antioquia, se codeaba con los máximos jefes de las AUC y dio carta blanca para llevar a cabo la masacre.
"[Alvaro Uribe nos dijo] que lo que hubiera que hacer que lo hiciéramos'', declaró Villalba al describir una reunión en la que participaron líderes de las AUC, militares y los hermanos Alvaro y Santiago Uribe.
La declaración de 19 páginas de Villaba describe con nombre y pormenores una estrecha relación de complicidad y camaradería entre autoridades militares y policiales con los cabecillas de los escuadrones de la muerte.
Villalba denunció la muerte de funcionarios de la fiscalía que investigaban la masacre, el asesinato de activistas de derechos humanos que colaboraban con las autoridades en el esclarecimiento de los hechos y tres atentados, uno de ellos con cianuro que le pusieron en una bebida de malta.
La declaración contiene por los menos dos inconsistencia: que uno de los militares que Villalba mencionó como participante en una reunión a finales de 1997 había fallecido en abril de ese año y que la fecha de la masacre no fue en noviembre, como él sostuvo, sino en octubre de ese año.
Cuando los paramilitares llegaron a El Aro, un caserío de unos 500 habitantes en una zona montañosa del norte del departamento de Antioquia, llevaban una lista de sus víctimas, relató Villalba al diario El Colombiano de Medellín.
A unos los mataron de un tiro en la nuca, bocabajo, en la plaza del pueblo; también ultimaron a un joven de 14 años, pero en el caso del dueño del almacén de abarrotes Marco Aurelio Areiza Osorio, un comerciante de 64 años, apreciado en la región por su generosidad, los paramilitares se ensañaron con una pasmosa frialdad.
Según los testimonios obtenidos por Human Rights Watch y periodistas colombianos, le ordenaron al comerciante que preparara un sancocho, y después que lo sirvió lo amarraron a un naranjo y, vivo, le sacaron el corazón, luego los ojos y después le arrancaron los testículos.
Algunos niños que se escondieron cerca a la plaza lo vieron todo
"El bujaba [mujía] duro y luego chillaba como un niño'', le dijo uno de los menores a los periodistas Carlos Giraldo y Miguel Garrido, de El Colombiano.
Los paramilitares ingresaron a El Aro el sábado 25 de octubre, un día antes de elecciones municipales. La toma del pueblo duró unos cuatro días, durante los cuales unos 120 paramilitares con uniformes de las AUC asesinaron campesinos, violaron mujeres, saquearon negocios y robaron unas 900 cabezas de ganado, según documentos judiciales.
Villalba, de 36 años, confesó que había participado en ésta y otras masacres de las AUC.
Tres meses después de los hechos de El Aro, se presentó ante las autoridades judiciales porque estaba cansado de tantas muertes y se habían planeado atentados con los que no concordaba, dijo. Hoy cumple una pena de 33 años de prisión en la penitenciaría La Picota de Bogotá.
Según sus declaraciones a la policía, el Ejército y las AUC planearon la toma de El Aro para escarmentar a los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y rescatar a unos ocho ganaderos y comerciantes que los rebeldes tenían secuestrados.
Villalba aseguró que tres días antes de la incursión en El Aro hubo una reunió en una finca de un hacendado --que no identificó-- en el municipio de La Caucana, en el noroeste de Antioquia. Al encuentro asistieron además de mandos militares de la IV Brigada y de la policía, cabecillas de las AUC y los hermanos Uribe, agregó.
"Estuvo también Santiago Uribe y Alvaro Uribe, que era gobernador cuando eso'', dijo el testigo.
A la pregunta de si conocía anteriormente a los Uribe, Villalba respondió que en el caso de Alvaro no, pero que Santiago "siempre fue conocido en la organización porque todavía tiene un bloque de Autodefensas en Santa Rosa de Osos''.
Villalba afirmó que se enteró de quién era Uribe después de la masacre cuando el entonces gobernador se presentó en la misma finca a felicitarlos por el éxito de la operación.
"Supe que era Alvaro Uribe porque él se presentó, habló con nosotros y dijo que la operación había sido un éxito, que los secuestrados habían salido sanos y salvos'', dijo Villaba. "Ahí llegó con un escolta, de apellido Serna'', agregó.
Los ocho secuestrados fueron liberados.
Esta semana Uribe aseguró que jamás he estado en La Caucana.
Villaba declaró a la fiscalía que años después vio de nuevo al escolta Serna, pero esta vez como guardia del Instituto Nacional Penitenciario (INPEC), en la cárcel de La Picota de Bogotá. Serna lo reconoció y lo saludó, agregó.
En la reunión previa a la masacre estuvieron presentes los cabecillas de las AUC Carlos Castaño, entonces máximo jefe de la organización y quien fue asesinado; Salvatore Mancuso, segundo al mando, y otros que identificó con los alias 'Noventa'', "Cobra'', el Negro Ricardo y Junior.
También acudió un hombre a quien identificó, vacilando, como José Ardila, de las organizaciones de autodefensas campesinas legalizadas por el gobierno y conocidas como las Convivir.
Al referirse al paradero de Ardila, Villalba dijo:
"[Ardila] estaba declarando en contra de Alvaro Uribe, a él lo sacaron de la cárcel, estaba condenado a 60 años y lo desaparecieron, no sé dónde estará''.
Mancuso fue condenado por la justicia colombiana a 40 años de prisión por la masacres de El Aro y La Granja. En esta última fueron torturadas y asesinadas cinco personas el 11 de julio de 1996.
Según el declarante, Alvaro Uribe "fue invitado por Carlos Castaño'' a la reunión previa a la masacre y luego presentado por Mancuso ante los asistentes.
En esa reunión Uribe habló en público, detalló Villalba.
"'Alvaro Uribe decía recomendaciones, que los secuestrados, que todos salieran salvos y que lo que hubiera que hacer que lo hiciéramos'', dijo el testigo.
En cuanto a la finca donde se realizaron las reuniones, el ex paramilitar señaló que "a mano izquierda hay unos corrales y una caballeriza, esa finca no tenía nombre pero todavía existe, nosotros llegamos un día antes [de la reunión], con mis 22 hombres''.
Villalba declaró ante Carlos A. Camargo Hernández, fiscal noveno especializado de la Unidad Nacional de Fiscalías de Derechos Humanos y de Derecho Internacional Humanitario, que el encuentro ''fue de día, empezó como a las 10 de la mañana y terminó [a las] 3 de la tarde, después que almorzaron y todo''.
Según el testigo, Mancuso y Castaño llegaron "en un helicóptero gris, pequeño, [que] bajó a la finca directamente'' y en la zona 'habíamos (sic) como 100 hombres [de escuadrones de la muerte] con los del pueblo y los 22 que yo tenía''.
Cuando el fiscal le preguntó si los escuadrones de la muerte recibieron ayuda de de la fuerza pública, Villalba declaró: "Sí doctor, de la IV Brigada [de Ejército]. Lo digo porque antes de la masacre hubo una reunión; hubieron (sic) retiradas de tropas de los retenes [de control militar en el área], suspendido los retenes de tropa en la carretera''.
Villalba le dijo al fiscal que con anterioridad a sus declaraciones de febrero de este año había entregado a la justicia detalles de ésta y otros masacres a funcionarios del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía General de Medellín.
También declaró sobre la participación de los hermanos Uribe, de lo cual quedaron grabaciones en cintas magnetofónicas, indicó.
Pero "las grabaciones resultaron en manos de Mancuso'', explicó Villalba, y los funcionarios del CTI fueron asesinados en septiembre de 1999.
'A ellos los mataron en Medellín, los mató la gente de la banda de La Terraza y a mí me mandaron que me callara'', dijo.
La Terraza es una enorme agencia de asesinos a sueldo de Medellín que ha operado bajo la dirección de poderosos narcotraficantes y paramilitares.
Sobre la reunión en la que participaron los hermanos Uribe Vélez, dijo Villalba, también habló varias veces con el director del CTI de Medellín, "un señor de gafitas, joven, y le comenté lo de [la reunión] de La Caucana y no dijo nada, se quedó callado''.
El testigo aseguró que también habló sobre estos temas con María Teresa Gallo, fiscal especializada de terrorismo y derechos humanos.
"Me prometió muchas cosas, como cambio de identidad, sacarme de la cárcel y mandarme a otro país'', dijo.
En enero de 2007 Villalba trasladado a Medellín para declarar contra el militar Juan Manuel Grajales por otra masacre cometida por paramilitares en noviembre de 1997 en La Balsita, municipio de Dabeiba, Antioquia.
En esa oportunidad fueron asesinadas 15 personas y entre los responsables, asegura, "también estaba el hermano de Alvaro Uribe, Santiago, que prestó como 20 pelados [sicarios] para eso''.
Villalba tiene una segunda condena de 37 años de prisión por la masacre de La Balsita. Los ''pelados'' que habría prestado el hermano del presidente Uribe, pertenecían a la banda paramilitar Los Doce Apóstoles'', que según varias versiones judiciales comandaba directamente Santiago Uribe.
Villalba afirmó que el 13 de febrero de 1998 decidió entregarse voluntariamente a la Fiscalía, pues militares activos, narcotraficantes y paramilitares planeaban varios crímenes con los que no estaba de acuerdo.
Los planes se cumplieron. Según el testigo, este grupo asesinó al periodista y humorista Jaime Garzón, al abogado Jaime Umaña y al defensor de derechos humanos Jesús María Valle Jaramillo.
Valle había advertido desde 1996 que narcotraficantes, militares y escuadrones de la muerte se disponían a cometer la masacre de El Aro. En respuesta, el hoy presidente Uribe, entonces gobernador de Antioquia, acusó públicamente a Valle de ser enemigo de las fuerzas armadas y el ejército lo enjuició por calumnia.
Luego fue asesinado en Medellín.
A Valle, dice Villalba, "lo mató la banda de La Terraza y a mí me mandaron a que me callara [...] lo mandaron a matar por las investigaciones que llevaba sobre la masacre del Aro. Era uno de los que me ayudaba porque supo cuando yo me entregué y me iban a matar para que no dijera nada''.
El fiscal que estaba encargado de la investigación de Valle, tuvo que salir del país, dijo.
Además del presidente Uribe y su hermano Santiago, en los expedientes judiciales figuran el ex general Carlos Alberto Ospina --comandante de las fuerzas armadas durante el primer gobierno de Uribe--, quien en el momento de los hechos era comandante de la Cuarta Brigada de Ejército, acantonada en Medellín, y el general de Ejército Alfonso Manosalva Florez, quien según testigos como Villalba y Mancuso entregó a los escuadrones de la muerte la lista de las personas que debían matar en La Granja y El Aro.
El presidente Uribe señaló como una de las inconsistencias de la declaración de Villalba que la afirmación que Manosalva estaba presente en una reunión en noviembre de 1997 con líderes paramilitares cuando éste había fallecido en abril de ese año.
Villalba relató que ha sido víctima de tres atentados. El primero ocurrió en la cárcel de la ciudad de Palmira después de haber hablado con la fiscal Gallo.
"Un muchacho de las autodefensas, Edison Parra, [condenado por un homicidio en el Llano, me dio una puñalada del lado izquierdo, a la altura del pecho''.
Dos meses después, "en el mismo patio me hicieron otro atentado con cianuro en una Pony Malta [marca de bebida de malta]. Me la hizo Edwin Tirado, también de las AUC, que ahora está en la cárcel de Montería, él era un ex trabajador de Mancuso''.
"Los atentados se los atribuyó a Mancuso, en esos días yo estaba declarando contra la Fuerza Pública'', agregó.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Nuevos valores para una nueva civilización
Por Frei Beto
En el Foro Social Mundial de Belém, seconcluyó que las alternativas al neoliberalismo y a la construcción delecosocialismo no se engendran en la cabeza de los intelectuales o de programaspartidarios, sino en la práctica social, a través de luchas populares,movimientos sindicales, campesinos, indígenas, étnicos, ambientalistas ycomunidades de base.Para gestar tales alternativas se exigen al menos cuatro actitudes. La primerauna visión crítica del neoliberalismo. Éste profundiza las contradiccionesdel capitalismo, en la medida en que la expansión globalizada del mercadoestimula la competitividad comercial entre las grandes potencias; desplaza laproducción hacia regiones donde se puedan pagar salarios irrisorios; estimulael éxodo de las naciones pobres hacia las ricas; introduce tecnología de puntaque reduce los puestos de trabajo; vuelve a las naciones dependientes delcapital especulativo; e intensifica el proceso de destrucción del equilibrioambiental del planeta.La segunda actitud: organizar la esperanza. Encontrar alternativas es untrabajo colectivo, puesto que no surgen de la cabeza de intelectuales iluminadoso de gurús ideológicos. De hay la importancia de dar consistencia organizativaa todos los sectores de la sociedad que esperan otra cosa diferente de lo que seve en la realidad actual, desde agricultores que sueñan con trabajar su propiatierra a jóvenes interesados en la preservación del medio ambiente.La tercera actitud es rescatar la utopía, el neoliberalismo no trata solamentede destruir las instancias comunitarias creadas por la modernidad, como lafamilia, el sindicato, los movimientos sociales y el Estado democrático. Suproyecto de atomización de la sociedad reduce la persona a la condición deindividuo desconectado de la coyuntura socio-política- económica en la cual seinserta, y lo considera mero consumidor. Por lo mismo se extiende también a laesfera cultural. Como diría Emmanuel Mounier, el individualismo es opuesto alpersonalismo. Pascal fue enfático: “El Yo es odioso”.En su apogeo el capitalismo lo mercantiliza todo: la biodiversidad, el medioambiente, la responsabilidad social de las empresas, el genoma, los órganosarrancados a los niños, etc. y hasta nuestro mismo imaginario. Un ejemplotrivial es lo que se gasta en la compra de agua potable envasadaindustrialmente, dejando de lado el viejo y buen filtro de cerámica o inclusola recogida del agua limpísima de lluvia después de un minuto deprecipitación.Sin utopías no hay movilizaciones motivadas por la esperanza, ni posibilidadde visualizar un mundo diferente, nuevo y mejor.Cuarta actitud: elaborar un proyecto alternativo. La esperanza favorece laemergencia de nuevas utopías, que deben ser traducidas a proyectos políticos yculturales que señalen las bases de una nueva sociedad, eso implica el rescatede los valores éticos, del sentido de justicia, de las prácticas desolidaridad y compartimiento, y del respeto a la naturaleza, en suma, se tratade un desafío también de orden espiritual, en la línea de lo que pregonaba elprofesor Milton Santos, de que debemos priorizar los “bienes infinitos” y nolos “bienes finitos”.El proyecto de una sociedad ecosocialista alternativa al neoliberalismo exigerevisar, después de la caída del muro de Berlín los aspectos teóricos yprácticos del socialismo real, sobre todo desde el punto de vista de lademocracia participativa y de la preservación ambiental.El ecosocialismo se caracterizaría por la capacidad de incorporar el conceptoy las prácticas de igualdad social y desarrollo sustentable a partir deexperiencias de los movimientos sociales y ecológicos, así como de larevolución cubana, del levantamiento zapatista de Chiapas, de los asentamientosdel MST, etc.Es vital incluir en el proyecto y en el programa los paradigmas emergentesactuales, como ecología, indigenismo, ética comunitaria, economía solidaria,espiritualidad, feminismo y holística.Este sueño, esta utopía, esta esperanza que llamamos ecosocialismo no es sinola continuación de las esperanzas de aquellos que lucharon por la defensa de lavida como Chico Mendes y Dorothy Stang, dos luchadores cristianos que dieron susvidas por la causa de los pobres, de los explotados, de los indígenas, de lostrabajadores de la tierra y de los pueblos de la selva.
(Traducción deJ.L.Burguet)- Frei Betto es escritor, autor de “Cartas desde la cárcel”, entre otroslibros.
En el Foro Social Mundial de Belém, seconcluyó que las alternativas al neoliberalismo y a la construcción delecosocialismo no se engendran en la cabeza de los intelectuales o de programaspartidarios, sino en la práctica social, a través de luchas populares,movimientos sindicales, campesinos, indígenas, étnicos, ambientalistas ycomunidades de base.Para gestar tales alternativas se exigen al menos cuatro actitudes. La primerauna visión crítica del neoliberalismo. Éste profundiza las contradiccionesdel capitalismo, en la medida en que la expansión globalizada del mercadoestimula la competitividad comercial entre las grandes potencias; desplaza laproducción hacia regiones donde se puedan pagar salarios irrisorios; estimulael éxodo de las naciones pobres hacia las ricas; introduce tecnología de puntaque reduce los puestos de trabajo; vuelve a las naciones dependientes delcapital especulativo; e intensifica el proceso de destrucción del equilibrioambiental del planeta.La segunda actitud: organizar la esperanza. Encontrar alternativas es untrabajo colectivo, puesto que no surgen de la cabeza de intelectuales iluminadoso de gurús ideológicos. De hay la importancia de dar consistencia organizativaa todos los sectores de la sociedad que esperan otra cosa diferente de lo que seve en la realidad actual, desde agricultores que sueñan con trabajar su propiatierra a jóvenes interesados en la preservación del medio ambiente.La tercera actitud es rescatar la utopía, el neoliberalismo no trata solamentede destruir las instancias comunitarias creadas por la modernidad, como lafamilia, el sindicato, los movimientos sociales y el Estado democrático. Suproyecto de atomización de la sociedad reduce la persona a la condición deindividuo desconectado de la coyuntura socio-política- económica en la cual seinserta, y lo considera mero consumidor. Por lo mismo se extiende también a laesfera cultural. Como diría Emmanuel Mounier, el individualismo es opuesto alpersonalismo. Pascal fue enfático: “El Yo es odioso”.En su apogeo el capitalismo lo mercantiliza todo: la biodiversidad, el medioambiente, la responsabilidad social de las empresas, el genoma, los órganosarrancados a los niños, etc. y hasta nuestro mismo imaginario. Un ejemplotrivial es lo que se gasta en la compra de agua potable envasadaindustrialmente, dejando de lado el viejo y buen filtro de cerámica o inclusola recogida del agua limpísima de lluvia después de un minuto deprecipitación.Sin utopías no hay movilizaciones motivadas por la esperanza, ni posibilidadde visualizar un mundo diferente, nuevo y mejor.Cuarta actitud: elaborar un proyecto alternativo. La esperanza favorece laemergencia de nuevas utopías, que deben ser traducidas a proyectos políticos yculturales que señalen las bases de una nueva sociedad, eso implica el rescatede los valores éticos, del sentido de justicia, de las prácticas desolidaridad y compartimiento, y del respeto a la naturaleza, en suma, se tratade un desafío también de orden espiritual, en la línea de lo que pregonaba elprofesor Milton Santos, de que debemos priorizar los “bienes infinitos” y nolos “bienes finitos”.El proyecto de una sociedad ecosocialista alternativa al neoliberalismo exigerevisar, después de la caída del muro de Berlín los aspectos teóricos yprácticos del socialismo real, sobre todo desde el punto de vista de lademocracia participativa y de la preservación ambiental.El ecosocialismo se caracterizaría por la capacidad de incorporar el conceptoy las prácticas de igualdad social y desarrollo sustentable a partir deexperiencias de los movimientos sociales y ecológicos, así como de larevolución cubana, del levantamiento zapatista de Chiapas, de los asentamientosdel MST, etc.Es vital incluir en el proyecto y en el programa los paradigmas emergentesactuales, como ecología, indigenismo, ética comunitaria, economía solidaria,espiritualidad, feminismo y holística.Este sueño, esta utopía, esta esperanza que llamamos ecosocialismo no es sinola continuación de las esperanzas de aquellos que lucharon por la defensa de lavida como Chico Mendes y Dorothy Stang, dos luchadores cristianos que dieron susvidas por la causa de los pobres, de los explotados, de los indígenas, de lostrabajadores de la tierra y de los pueblos de la selva.
(Traducción deJ.L.Burguet)- Frei Betto es escritor, autor de “Cartas desde la cárcel”, entre otroslibros.
jueves, 12 de febrero de 2009
Presentación del libro El diario del Che llega a Cuba
Por Ernesto Vera
Desde hace poco más de veinte años, al publicarse un gran reportaje convertido en el libro Operación Tía Victoria, titulo de la primera edición, consideré a esa obra muy necesaria para el conocimiento y estudio de los periodistas y estudiantes de esa profesión, no sólo por el contenido y la forma, sino sobre todo debido a como su autor asumió a plenitud su deber de militante revolucionario, tanto en contribuir decisivamente a que la misión encomendada fuera exitosa, como en garantizar la seguridad del que trasladó la copia del Diario del Che en Bolivia, con la solicitud de hacerlo llegar a Cuba.
El autor, con el que me unen vínculos de profunda amistad desde los años iniciales de la década del 60, nunca me dijo quien era la persona que le hizo entrega del Diario y, por supuesto, nunca reveló el nombre del que bautizó como El Mensajero. Este se dio a conocer siete años después de la primera edición, cuando consideró que el riesgo mayor ya no existía.
Hernán Uribe, también autor de otros libros importantes, escribió uno referido a la ética periodística, tema que lo ha acompañado durante más de tres lustros en su función de profesor titular en la Universidad Nacional Autónoma de México. Los principios que proclama en esa dirección han sido la base fundamental del código ético de la Federación Latinoamericana de Periodistas. Hacer y después decir, esa autoridad ganada con el ejemplo, tiene la mejor presencia en este libro, donde se manifiesta el verdadero camino del periodismo, representado en toda la dignidad que reclama y merece, cuando es expresión del gladiador a favor de la verdad y la justicia.
Para hacer realidad la historia de este libro que contiene tantas facetas del realismo mágico fue necesario que al iniciarse su rumbo existiera en Chile una publicación con prestigio revolucionario, Punto Final, con una redacción integrada por varios colegas – seis de ellos conocieron el secreto- que habían demostrado firmeza en la defensa de la Revolución Cubana, fundada y dirigida hasta hoy por Manuel Cabieses. Únicamente con esa confianza en general y el conocimiento más directo de Hernán Uribe fue posible generar tanta confianza y seguridad al que decidió sustraerle a la CIA la copia del documento histórico. En este caso no se trataba de identificación ideológica la motivación, sino fundamentalmente del respeto ganado por el ejercicio de un periodismo con el más elevado sentido de la ética profesional revolucionaria.
Tenemos ante nosotros la quinta edición de un libro a la vez poco conocido y la primera ampliada con documentos que permiten comprender mejor el alcance de su difusión hasta hoy del testimonio que encierra y la necesidad de repetirse sus ediciones en forma masiva, así como en varios idiomas. La importancia de su contenido tendrá un valor especial y creciente para las nuevas generaciones, sobre todo en las circunstancias actuales en que una nueva época comienza a dinamizar la integración de los países de Nuestra América.
Defender el derecho social a la información veraz, raíz de la auténtica libertad de prensa, siempre negada teórica y prácticamente por los medios imperialistas y reaccionarios, ha servido en este caso para impedir la alteración del texto del Diario y, con toda seguridad, incluirle párrafos destinados a dañar de alguna forma la transparencia ética del Guerrillero Heroico. La mejor prueba de ello es que a pesar de todo no renunciaron a hacerlo después de asesinarlo. Ese Diario es reflejo indiscutible de la pureza revolucionaria y humana del autor y de los combatientes a sus órdenes.
El valor histórico de aquella gesta, su mensaje permanente como bandera de combate, tiene el ejemplo conmovedor del contenido de cada frase, de cada palabra, de cada hecho que narra, donde está implícito cómo debe crecerse ante las adversidades y también enrumba posteriores esfuerzos, por una u otra vía, pero siempre con el objetivo de conquistar toda la justicia, nunca menos, como lo sentía José Martí. De ese tamaño es el Diario del Che y por ello tiene más grandeza el libro que presentamos y los que contribuyeron a hacer realidad ese valioso rescate, en particular su autor, el muy querido colega y compañero Hernán Uribe. Lo ocurrido hace poco más de 40 años, importantísimo entonces, es y será creciente modelo para los periodistas que sientan como misión su accionar cotidiano y permanente, donde el poder supremo de su ejercicio honrado se haga siempre realidad.
Considero que la idea del autor de incorporarle otros documentos relacionados con el tema central, especialmente el prólogo del jefe de nuestra Revolución a la primera edición, en 1968, aumenta el interés por su lectura. La valoración de Fidel le da aún más relieve al contenido original del libro y permite difundir la opinión más autorizada y certera sobre el Diario.
Este libro, de consulta para todo profesional del periodismo, tiene sobre todo un contenido de interés general siempre actual, con énfasis en Latinoamérica. Tengo la convicción de que serán muchas las coediciones que están por acordarse y realizarse y que somos los periodistas los que más debemos contribuir a que suceda, porque se trata de la obra de un profesional comprometido, consciente de la necesidad de la investigación, dos de los principales pilares del legítimo periodismo revolucionario.
Desde hace poco más de veinte años, al publicarse un gran reportaje convertido en el libro Operación Tía Victoria, titulo de la primera edición, consideré a esa obra muy necesaria para el conocimiento y estudio de los periodistas y estudiantes de esa profesión, no sólo por el contenido y la forma, sino sobre todo debido a como su autor asumió a plenitud su deber de militante revolucionario, tanto en contribuir decisivamente a que la misión encomendada fuera exitosa, como en garantizar la seguridad del que trasladó la copia del Diario del Che en Bolivia, con la solicitud de hacerlo llegar a Cuba.
El autor, con el que me unen vínculos de profunda amistad desde los años iniciales de la década del 60, nunca me dijo quien era la persona que le hizo entrega del Diario y, por supuesto, nunca reveló el nombre del que bautizó como El Mensajero. Este se dio a conocer siete años después de la primera edición, cuando consideró que el riesgo mayor ya no existía.
Hernán Uribe, también autor de otros libros importantes, escribió uno referido a la ética periodística, tema que lo ha acompañado durante más de tres lustros en su función de profesor titular en la Universidad Nacional Autónoma de México. Los principios que proclama en esa dirección han sido la base fundamental del código ético de la Federación Latinoamericana de Periodistas. Hacer y después decir, esa autoridad ganada con el ejemplo, tiene la mejor presencia en este libro, donde se manifiesta el verdadero camino del periodismo, representado en toda la dignidad que reclama y merece, cuando es expresión del gladiador a favor de la verdad y la justicia.
Para hacer realidad la historia de este libro que contiene tantas facetas del realismo mágico fue necesario que al iniciarse su rumbo existiera en Chile una publicación con prestigio revolucionario, Punto Final, con una redacción integrada por varios colegas – seis de ellos conocieron el secreto- que habían demostrado firmeza en la defensa de la Revolución Cubana, fundada y dirigida hasta hoy por Manuel Cabieses. Únicamente con esa confianza en general y el conocimiento más directo de Hernán Uribe fue posible generar tanta confianza y seguridad al que decidió sustraerle a la CIA la copia del documento histórico. En este caso no se trataba de identificación ideológica la motivación, sino fundamentalmente del respeto ganado por el ejercicio de un periodismo con el más elevado sentido de la ética profesional revolucionaria.
Tenemos ante nosotros la quinta edición de un libro a la vez poco conocido y la primera ampliada con documentos que permiten comprender mejor el alcance de su difusión hasta hoy del testimonio que encierra y la necesidad de repetirse sus ediciones en forma masiva, así como en varios idiomas. La importancia de su contenido tendrá un valor especial y creciente para las nuevas generaciones, sobre todo en las circunstancias actuales en que una nueva época comienza a dinamizar la integración de los países de Nuestra América.
Defender el derecho social a la información veraz, raíz de la auténtica libertad de prensa, siempre negada teórica y prácticamente por los medios imperialistas y reaccionarios, ha servido en este caso para impedir la alteración del texto del Diario y, con toda seguridad, incluirle párrafos destinados a dañar de alguna forma la transparencia ética del Guerrillero Heroico. La mejor prueba de ello es que a pesar de todo no renunciaron a hacerlo después de asesinarlo. Ese Diario es reflejo indiscutible de la pureza revolucionaria y humana del autor y de los combatientes a sus órdenes.
El valor histórico de aquella gesta, su mensaje permanente como bandera de combate, tiene el ejemplo conmovedor del contenido de cada frase, de cada palabra, de cada hecho que narra, donde está implícito cómo debe crecerse ante las adversidades y también enrumba posteriores esfuerzos, por una u otra vía, pero siempre con el objetivo de conquistar toda la justicia, nunca menos, como lo sentía José Martí. De ese tamaño es el Diario del Che y por ello tiene más grandeza el libro que presentamos y los que contribuyeron a hacer realidad ese valioso rescate, en particular su autor, el muy querido colega y compañero Hernán Uribe. Lo ocurrido hace poco más de 40 años, importantísimo entonces, es y será creciente modelo para los periodistas que sientan como misión su accionar cotidiano y permanente, donde el poder supremo de su ejercicio honrado se haga siempre realidad.
Considero que la idea del autor de incorporarle otros documentos relacionados con el tema central, especialmente el prólogo del jefe de nuestra Revolución a la primera edición, en 1968, aumenta el interés por su lectura. La valoración de Fidel le da aún más relieve al contenido original del libro y permite difundir la opinión más autorizada y certera sobre el Diario.
Este libro, de consulta para todo profesional del periodismo, tiene sobre todo un contenido de interés general siempre actual, con énfasis en Latinoamérica. Tengo la convicción de que serán muchas las coediciones que están por acordarse y realizarse y que somos los periodistas los que más debemos contribuir a que suceda, porque se trata de la obra de un profesional comprometido, consciente de la necesidad de la investigación, dos de los principales pilares del legítimo periodismo revolucionario.
martes, 10 de febrero de 2009
Crónica de una liberación en peligro
Por Daniel Samper,
Miembro de Colombianos por la paz.
Diario El Tiempo, Bogotá
Los sobrevuelos militares realizados en el Caquetá durante la entrega de cuatro rehenes de las Farc tiñeron de sospecha la operación y casi impiden su liberación.
Supimos que la operación estaba en problemas poco después de aterrizar en un paraje de la selva, a las 9:05 a.m. del domingo pasado.
-¿No oyen ruidos de avión? -preguntó muy serio uno de los guerrilleros que acababan de dar la bienvenida a la comisión encargada de recuperar a cuatro miembros de las Fuerzas Armadas en poder de las Farc. "Rehenes", los llama la Cruz Roja; "prisioneros", los denomina la guerrilla.
Iban a ser los primeros de seis que la guerrilla estaba dispuesta a liberar como "gesto humanitario" gracias a las gestiones de Colombianos y Colombianas por la Paz (CPP), un grupo de miles de ciudadanos encabezados por la senadora Piedad Córdoba que propone un camino negociado para finalizar la guerra.
No. No habíamos oído ruidos de avión porque lo impedía el estrépito de las aspas del helicóptero de la Fuerza Aérea Brasileña que nos trasladó allí a los dos delegados de la Cruz Roja (CICR), el médico de la institución, Pierre Hoffer, y los cuatro garantes de CPP, con Piedad Córdoba al frente. Pero, silenciadas las aspas, el zumbido alto, constante y lejano de los aviones se escuchaba a la perfección. Solo lo interrumpían los cantos de un pájaro mochilero en un árbol vecino.
-Son aviones del Ejército -explicó el jefe del pequeño grupo de once guerrilleros-. Están rondando desde ayer y hoy no han parado.
Alguien preguntó, esperanzado, si no correspondería a vuelos comerciales. Pero ya sabíamos que solo se realizan cuatro al día desde Florencia, nuestro punto de despegue antes de que Piedad revelara las coordenadas del sitio donde pensábamos hallar a los guerrilleros.
-Los aviones comerciales vuelan más bajito y no dan vueltas sobre nosotros -explicaron los de las Farc, que han aprendido en la selva a aguzar al oído frente al peligro-. Son aviones espías de la Fuerza Aérea, aviones plataforma de los gringos.
Existía un acuerdo con el Gobierno Nacional en el sentido de que, durante el día de la liberación y parte de la víspera, se suspendería todo vuelo militar. El acuerdo no se estaba cumpliendo.
-En estas condiciones -añadió el jefe guerrillero con serenidad pero con firmeza-, la entrega de prisioneros está suspendida.
Enseguida entregaron unas flores a Piedad y nos repartieron gaseosas a todos. Hablamos con los delegados de la Cruz Roja. Estaban tan sorprendidos como nosotros por esos ominosos vuelos que no cesaban de rugir desde el cielo nuboso.
¿Qué hago yo aquí?
Yo había aceptado ser garante del proceso de rescate de seis rehenes en tres sitios distintos del país durante casi una semana porque me lo pidieron los directivos de Colombianos por la Paz. Respaldado por El TIEMPO, me quité la camiseta de periodista para cumplir esta misión y vestí la de observador imparcial. Con la aprobación del Gobierno, la Cruz Roja y las Farc (como todos los demás participantes), me había subido el viernes 30 de enero al avión que nos llevó a la base de São Gabriel de Cachoeira, en Brasil; un día después había regresado a Colombia en un helicóptero Cougar de los brasileños para recuperar los secuestrados. Formaban así mismo parte del equipo de CPP, junto con Piedad, el periodista Jorge Enrique Botero y la discreta e inteligente directora de la Casa de la Mujer, Olga Amparo Sánchez.
Sabía, por abogados a quienes consulté, que ser garante no es un honor, sino una responsabilidad que goza de estatus jurídico en los convenios internacionales. El garante vigila que se cumplan las reglas de juego. Si todo sale bien, es un paseo. Si algo falla, su tarea puede convertirse en una pesadilla.
Allí, en las selvas del Caquetá, mi paseo como garante estaba a punto de convertirse en pesadilla. Abrí bien los ojos y preparé la libreta de apuntes, pues, a las 10 a.m., como los vuelos no paraban, la misión era un fracaso. La guerrilla, inquieta por la sombra de esos animales metálicos que vigilaban desde lo alto, ya no iba a entregar a los agentes de Policía antisecuestros Wálter Lozano, Juan Fernando Galicia y Alexis Torres, ni al soldado William Giovanni Domínguez. Temiendo una trampa, las Farc se habían replegado.
Sobrevuelos ominosos
A través de un poderoso teléfono satelital, Thierry Grobet, adjunto al jefe de la Cruz Roja en Colombia, buscó al Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo. El celular estaba desconectado. A las 10 y 47 los vuelos seguían y Grobet -suizo casado con colombiana- se comunicó con sus superiores en Bogotá y pidió enterar de la crítica situación a Juan Manuel Santos, ministro de Defensa. Grobet era el responsable inmediato de nuestra misión. Christophe Beney, su jefe, intentaría hablar con Santos y nos contaría el resultado de la gestión.
Quedamos a la espera. Los vuelos continuaban. Todos los oíamos. Ya completaban por lo menos hora y media. ¿Un avión? ¿Dos? Difícil saberlo. Pero hasta los más bisoños nos dábamos cuenta de que no eran viajecitos de Satena.
Un rato después, Christophe llamó e informó. Había hablado con el Ministro y este, sin atribuirles mucha importancia, reconoció que se trataba de aviones militares de la Base de Tres Esquinas. Pero que inmediatamente ordenaría suspenderlos. Quince minutos después, el ruido había desaparecido.
Esa noche, al llegar con los cuatro ex rehenes a Villavicencio, nos enteramos de la confusa situación: el Comisionado negaba que hubiera habido vuelos, pero Santos reconocía que sí y hablaba de un acuerdo para operaciones militares aéreas por encima de los 20.000 pies. A su turno, el general Freddy Padilla, comandante de las Fuerzas Armadas, hizo chistes en el sentido de que nosotros estábamos en "un pic nic con las Farc" y aducía que se trataba de "vuelos humanitarios" para proteger a los comisionados de la Cruz Roja en caso de emergencia.
(Respetuoso mensaje al general Padilla: no son chistes lo que un ciudadano espera en tan dramáticos momentos de una autoridad como de su categoría. Hicimos cuanto pudimos para rebajar el ambiente de inseguridad creado por los aviones militares. Y lo logramos. En cuanto a los "sobrevuelos humanitarios", el General sabía bien que el segundo helicóptero brasileño estaba listo en Florencia para acudir ante cualquier eventualidad. Para eso no se necesitaban sobrevuelos).
Los compañeros de la Cruz Roja, hoy puedo decirlo, estaban tan estupefactos como nosotros. ¿Hubo acuerdo para que volaran aviones militares por encima de determinado punto? Patricia Danzi, jefe de operaciones latinoamericanas de la CICR y presente en el escenario selvático, me dijo: "He asistido a muchas misiones parecidas a esta en varios países del mundo. Jamás, por ningún motivo, la Cruz Roja permitiría aviones militares en una operación tan delicada".
El ruido de los motores se había silenciado, pero sus efectos eran devastadores. La guerrilla, oliendo una celada, se hallaba replegada y escondida. Pese a su coraza diplomática, los miembros de la Cruz Roja no podían ocultar su disgusto e inquietud. Los miembros de CPP estábamos convencidos de que se trataba, en el mejor de los casos, de un aprovechamiento indebido que hacía el Gobierno de las circunstancias y, en el peor, de una tarea de hostigamiento que buscaba el fracaso de la entrega para inculpar de ello a las Farc y hacernos quedar en ridículo a los demás.
Ni siquiera ahora podría decir qué se proponían los vuelos. Si fue un error de buena fe, es tan burdo que merece establecer culpas por omisión. Si fue un acto deliberado, alguien tiene que responsabilizarse. De todos modos, considero mi deber que el país sepa lo que pasó.
La misión se restablece
En ese momento la liberación estaba embolatada y habíamos perdido tres valiosas horas. La consigna de todos fue optar por el sosiego, seguir adelante y convencer a las Farc de que había garantías suficientes para culminar con éxito la operación.
Nos tranquilizaba saber que estaban allí los militares brasileños con su helicóptero en medio de la manigua. Su presencia tranquila y profesional era un aval para continuar.
La guerrilla atendió las razones de quienes insistíamos en no presentarnos en Villavo con las manos vacías y algún jefe, por un radio especial, comunicó al grupo de recepción que nos condujera hasta donde se hallaba el destacamento grande. Cuatro guerrilleros desarmados subieron al helicóptero y a las 12 y 36 partimos con el rumbo que uno de ellos indicó al piloto. Fue un viaje corto hacia un sitio desconocido. Empezamos a aterrizar en un paraje de colinas rodeadas de matas de monte. Con gran sorpresa vi que alguien filmaba nuestro arribo: en medio del huracán que desataban los rotores, reconocí a mi colega Hollman Morris al lado de un camarógrafo.
Nos recibieron en forma amable los comandantes Jairo Martínez y Luis Emiro Mosquera. Estábamos rodeados por dos cordones de guerrilleros bien uniformados, jóvenes y armados poderosamente. Eran quizás cien o más de cien. Abundaban las mujeres. Un cordón cercano rodeaba la zona de aterrizaje y veíamos la silueta más lejana de los del cerro como ven los vaqueros solitarios el perfil de las formaciones abrumadoras de sioux en las películas del Oeste.
Bajo un tenderete de lona, y sentados en sillas de plástico que aún tenían marcas de propaganda electoral, conversamos con Martínez y Mosquera. De manera enfática protestaron por los sobrevuelos y expresaron su temor de que el Gobierno los estuviera engañando. Hablaron de un enfrentamiento reciente en la vereda Doce de Octubre que dejó un guerrillero muerto y otro desaparecido. "Aún estamos aquí -nos dijeron a Piedad y compañía- por ustedes, los representantes del grupo de ciudadanos por la paz." Nosotros entendimos que ese voto de confianza conllevaba una seria responsabilidad pero podía ser, al mismo tiempo, el instrumento para liberar a los muchachos de la Policía y el Ejército, a pesar de la anómala situación que vivíamos.
No creo necesario revelar detalles de la charla entre los jefes guerrilleros y la Cruz Roja, que conocí como garante, pero es importante decir, para entender la situación, que las Farc manifestaron haber perdido la confianza en esa institución internacional.
Enseguida nos hicieron oír una grabación que, según explicaron, había captado horas antes uno de sus radios. En ella, la base (¿Tres Esquinas?) se comunicaba con un piloto, enmendaba unas coordenadas, insistía en fotografiar cuatro puntos y planteaba adelantar "una búsqueda sobre tierra". La palabra "tierra" implica infantería, y los jefes de las Farc temían que el Ejército ya estuviera tratando de localizar al grupo que iba a entregar a los rehenes.
Fue en ese momento cuando Botero consideró que la situación era crítica y cometió el error, sin consultar a nadie, ni siquiera a sus compañeros de grupo, de emitir un flash noticioso que alertara sobre el estado de cosas.
La batalla contra el reloj
La Cruz Roja relató el episodio con el ministro Santos y nos dispusimos a conversar y esperar. Los miembros de CPP les expusimos los ideales de justicia social que compartimos con ellos, pero condenamos con toda claridad sus métodos: el secuestro, la lucha armada, la muerte de inocentes. Así lo hemos hecho en nuestras cartas a las Farc a favor de un acuerdo humanitario, llave que abrió la entrega de estos rehenes. Nos oyeron con respeto y presentaron también sus puntos de vista. Contaron historias escalofriantes, como la de la familia del propio Jairo Martínez, asesinada en su presencia cuando niño por los chulativas en Planadas (Tolima).
Las horas pasaban. Nos ofrecieron sancocho y gaseosas. Pienso que la guerrilla había enviado algunos grupos de avanzada para verificar si se registraba movimiento de tropas y, de todos modos, quería alargar la tarde lo más posible en compañía de nosotros, los brasileños y la Cruz Roja. Nuestra presencia los amparaba. La noche es aliada de quienes se esconden en la selva. Por eso casi nunca caminan de día.
Esta aspiración estratégica, totalmente comprensible dado el ambiente de sospecha e incertidumbre creado por los sobrevuelos, conspiraba contra nuestros relojes. Para realizar un vuelo seguro de dos horas -distancia calculada hasta Villavicencio- necesitábamos volar con luz de día, aunque fuera crepuscular. Salir después de las 4 p.m. implicaba un riesgo.
Lo peor es que aún estaba en alerta el grupo guerrillero y en suspenso la liberación. Nos dedicamos entonces a reconstruir un ambiente que rebajara las tensiones. Mosquera, un antiguo dirigente sindical comunista que se refugió en las Farc porque estaban asesinando a sus colegas, quiso que le oyéramos sus composiciones: nos cantó una ranchera, una guasca y un pasaje llanero. (Más tarde oímos también al soldado Domínguez, que interpretó una canción compuesta bajo las cadenas de su atroz cautiverio de dos años. Era distinta a la que cantó por televisión esa misma noche).
Por petición de Martínez, Piedad saludó de mano a muchos guerrilleros. Ya eran las tres y media. Nos estábamos pasando del límite, porque la guerrilla exige dos horas de espera después de su salida; necesita tiempo para dispersarse y esconderse. Piedad explicó la situación a los dos jefes y les propuso que aceleraran la entrega de los rehenes y nos rebajaran el plazo de espera a solo una hora. De lo contrario, un vuelo nocturno por los farallones orientales nos exponía a todos. Martínez y Mosquera aceptaron.
Poco después aparecieron con los cuatro muchachos, que abrazaron emocionados a Piedad y luego a cada uno de nosotros. Parecía increíble, pero habíamos logrado liberarlos. En ese momento llegaron noticias de que había "movimientos raros" en veredas cercanas (finalmente no fue así, pero era imposible saberlo entonces). Con rapidez, los hombres de las Farc formaron, cantaron su himno y se despidieron. Cinco minutos después no quedaba un solo guerrillero. Cincuenta y cinco más tarde salimos con los antiguos cautivos hacia Villavicencio. Hollman Morris pidió a la Cruz Roja que lo subiera al helicóptero con su camarógrafo, pero el delegado consideró que violaría los protocolos del viaje.
Llegamos a las 6 y 53, con la alegría de entregar los muchachos a sus familias tras una jornada de nervios y tensiones. Pero el día aún no había terminado para nosotros.
Noche de vetos
Nos esperaba una reunión con el Comisionado de Paz en una oficina del aeropuerto. Quería reclamar por la noticia que había emitido Botero, algo de lo que nos enteramos en ese momento. La ocasión era oportuna, porque nosotros también teníamos reclamos que hacer, como garantes, por la insólita interferencia de los sobrevuelos militares. Acudimos a entrevistarnos con Luis Carlos Restrepo y sus tres asistentes. Estábamos presentes, además, los dos delegados de Cruz Roja y los cuatro de CPP. Restrepo pidió que habláramos con franqueza y cedió la palabra a Piedad.
Esta explicó la indignación que nos produjo la situación creada a despecho de todos los acuerdos y dejó claro que, si se había podido entregar minutos antes los cuatro cautivos a oficiales del Ejército y la Policía, era debido a la labor de convencimiento realizada por nosotros, a la garantía que ofrecía la presencia de los brasileños y al trabajo de la Cruz Roja. Luego me pidió que hablara yo.
Le anuncié a Restrepo que iba a ser tan claro como la situación exigía. Protesté por la irresponsabilidad de los sobrevuelos y dudé de que fueran una acción inconsulta del general Padilla.
-Sus palabras son muy duras- me reprochó Restrepo.
-Lo que ustedes hicieron es más duro- le repliqué, más o menos-. Yo no vine aquí de florero, sino a cumplir un deber. Este deber es denunciar y contar lo ocurrido y exigir garantías para las próximas operaciones de liberación.
La Cruz Roja también expuso sus opiniones y luego habló Restrepo. Dijo que, por instrucciones del Presidente, quitaba el respaldo a la presencia de Botero en la comisión y mencionó lo del avance noticioso y el efecto de zozobra que había producido. Piedad, Olga Amparo y yo pedimos unos minutos para reunirnos con Jorge Enrique. Oímos su explicación y consideramos que las circunstancias de zozobra atenuaban su responsabilidad, pero le reprochamos haber violado la promesa de solo emitir información tres semanas después y le pedimos que ofreciera disculpas públicas y se abstuviera de nuevas trasgresiones de los protocolos acordados. Botero aceptó su error ante todos los de la misión y se comprometió a consultar cualquier duda con Grobet. Así las cosas, lo respaldamos y pedí la palabra para que el Comisionado intercediera a fin de que el Presidente le levantase el veto.
Botero nunca escondió su condición de periodista; siempre anduvo con la cámara en la mano; pidió permiso para grabar un documental y todos se lo dieron: el Gobierno, la Cruz Roja y las Farc. Cometió un error, ciertamente, pero fue producto de la situación de tensión que crearon los sobrevuelos.
-Estas misiones deben tener un registro histórico -añadí-, y al bajar Botero, se perderá el registro. Sería aconsejable que el Presidente reconsiderara su veto a quien ya reconoció su error.
Mientras el Comisionado se alejaba a consultar con el Presidente en otra oficina, supimos por Botero que algunos de sus colegas lo estaban criticando tanto como el Gobierno, y nos preguntábamos qué suerte estaría corriendo Morris. De todos modos, había que prepararse, porque al día siguiente saldríamos a recibir a Alan Jara, un político llanero secuestrado por las Farc en el 2001 que goza de enorme simpatía.
Pero la ilusión de recuperar a Jara se vino a pique en pocas horas. El Comisionado señaló que el Presidente no solo no levantaba a Botero el veto (no usó esta palabra: era muy fuerte) sino que lo extendía a mí. Yo también había perdido la confianza del Gobierno. No podíamos creer que a una argumentación mía, Uribe respondiera con un nuevo veto. ¿La explicación?
-El Presidente dice que esto se está volviendo un espectáculo periodístico-.
La consigna fue: continuar
La disculpa era indignante. Le dije con vehemencia a Restrepo que si tenía alguna queja contra mí como garante, que la expusiera de inmediato, porque yo consideraba haber cumplido mi misión con absoluto rigor. Lamentaba mucho si mi deber de denunciar violaciones a lo acordado, como los sobrevuelos, le molestaban o no. Al no haber reproche alguno por mi trabajo como garante, y ya que Uribe hablaba de "espectáculo periodístico", parecía claro que me vetaba por ser periodista. Agregué, más o menos: "Como periodista, me tiene sin cuidado el veto de este o cualquier gobierno". (Para un periodista que se respete, el veto oficial de un gobierno es un diploma de independencia). "Pero nuestra meta es sacar a los rehenes, así que me haré a un lado desde este momento y colaboraré con mi silencio hasta que logremos nuestro propósito."
Le pedí que enviara al Presidente el mensaje personal de que había cometido una "profunda injusticia". Quise decir atropello o infamia, pero me moderé.
Restrepo ratificó que solo estaba en pie la credencial de Piedad y en un limbo la de Olga Amparo, a quien no había cómo descalificar. Eran más de las nueve cuando se levantó la reunión.
Unas horas más tarde, al ver desde el hotel el "espectáculo periodístico" del Presidente con los muchachos que acababan de salir de su cautiverio, nos enteramos de que Piedad también había sido vetada por el Gobierno.
El lunes supe que el Presidente había comentado que nunca habló con Restrepo de vetos personales ni recibió entre las 7 y las 10 p.m. ninguna llamada del Comisionado. ¿A quién creerle?
A pesar de todo, acordamos insistir -decisión que apoyaron los miembros de CPP llegados a Villavicencio-, terminar la misión aunque tuviera que ir sola Piedad, abstenernos de todo comentario hasta recuperar al último secuestrado, y mantener abierto el camino de un acuerdo humanitario.
Así ocurrió dichosamente el jueves y, de nuevo con la camiseta de periodista, puedo ahora contar lo que pasó durante aquellas difíciles horas.
DANIEL SAMPER PIZANO
Miembro de Colombianos por la paz.
Diario El Tiempo, Bogotá
Los sobrevuelos militares realizados en el Caquetá durante la entrega de cuatro rehenes de las Farc tiñeron de sospecha la operación y casi impiden su liberación.
Supimos que la operación estaba en problemas poco después de aterrizar en un paraje de la selva, a las 9:05 a.m. del domingo pasado.
-¿No oyen ruidos de avión? -preguntó muy serio uno de los guerrilleros que acababan de dar la bienvenida a la comisión encargada de recuperar a cuatro miembros de las Fuerzas Armadas en poder de las Farc. "Rehenes", los llama la Cruz Roja; "prisioneros", los denomina la guerrilla.
Iban a ser los primeros de seis que la guerrilla estaba dispuesta a liberar como "gesto humanitario" gracias a las gestiones de Colombianos y Colombianas por la Paz (CPP), un grupo de miles de ciudadanos encabezados por la senadora Piedad Córdoba que propone un camino negociado para finalizar la guerra.
No. No habíamos oído ruidos de avión porque lo impedía el estrépito de las aspas del helicóptero de la Fuerza Aérea Brasileña que nos trasladó allí a los dos delegados de la Cruz Roja (CICR), el médico de la institución, Pierre Hoffer, y los cuatro garantes de CPP, con Piedad Córdoba al frente. Pero, silenciadas las aspas, el zumbido alto, constante y lejano de los aviones se escuchaba a la perfección. Solo lo interrumpían los cantos de un pájaro mochilero en un árbol vecino.
-Son aviones del Ejército -explicó el jefe del pequeño grupo de once guerrilleros-. Están rondando desde ayer y hoy no han parado.
Alguien preguntó, esperanzado, si no correspondería a vuelos comerciales. Pero ya sabíamos que solo se realizan cuatro al día desde Florencia, nuestro punto de despegue antes de que Piedad revelara las coordenadas del sitio donde pensábamos hallar a los guerrilleros.
-Los aviones comerciales vuelan más bajito y no dan vueltas sobre nosotros -explicaron los de las Farc, que han aprendido en la selva a aguzar al oído frente al peligro-. Son aviones espías de la Fuerza Aérea, aviones plataforma de los gringos.
Existía un acuerdo con el Gobierno Nacional en el sentido de que, durante el día de la liberación y parte de la víspera, se suspendería todo vuelo militar. El acuerdo no se estaba cumpliendo.
-En estas condiciones -añadió el jefe guerrillero con serenidad pero con firmeza-, la entrega de prisioneros está suspendida.
Enseguida entregaron unas flores a Piedad y nos repartieron gaseosas a todos. Hablamos con los delegados de la Cruz Roja. Estaban tan sorprendidos como nosotros por esos ominosos vuelos que no cesaban de rugir desde el cielo nuboso.
¿Qué hago yo aquí?
Yo había aceptado ser garante del proceso de rescate de seis rehenes en tres sitios distintos del país durante casi una semana porque me lo pidieron los directivos de Colombianos por la Paz. Respaldado por El TIEMPO, me quité la camiseta de periodista para cumplir esta misión y vestí la de observador imparcial. Con la aprobación del Gobierno, la Cruz Roja y las Farc (como todos los demás participantes), me había subido el viernes 30 de enero al avión que nos llevó a la base de São Gabriel de Cachoeira, en Brasil; un día después había regresado a Colombia en un helicóptero Cougar de los brasileños para recuperar los secuestrados. Formaban así mismo parte del equipo de CPP, junto con Piedad, el periodista Jorge Enrique Botero y la discreta e inteligente directora de la Casa de la Mujer, Olga Amparo Sánchez.
Sabía, por abogados a quienes consulté, que ser garante no es un honor, sino una responsabilidad que goza de estatus jurídico en los convenios internacionales. El garante vigila que se cumplan las reglas de juego. Si todo sale bien, es un paseo. Si algo falla, su tarea puede convertirse en una pesadilla.
Allí, en las selvas del Caquetá, mi paseo como garante estaba a punto de convertirse en pesadilla. Abrí bien los ojos y preparé la libreta de apuntes, pues, a las 10 a.m., como los vuelos no paraban, la misión era un fracaso. La guerrilla, inquieta por la sombra de esos animales metálicos que vigilaban desde lo alto, ya no iba a entregar a los agentes de Policía antisecuestros Wálter Lozano, Juan Fernando Galicia y Alexis Torres, ni al soldado William Giovanni Domínguez. Temiendo una trampa, las Farc se habían replegado.
Sobrevuelos ominosos
A través de un poderoso teléfono satelital, Thierry Grobet, adjunto al jefe de la Cruz Roja en Colombia, buscó al Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo. El celular estaba desconectado. A las 10 y 47 los vuelos seguían y Grobet -suizo casado con colombiana- se comunicó con sus superiores en Bogotá y pidió enterar de la crítica situación a Juan Manuel Santos, ministro de Defensa. Grobet era el responsable inmediato de nuestra misión. Christophe Beney, su jefe, intentaría hablar con Santos y nos contaría el resultado de la gestión.
Quedamos a la espera. Los vuelos continuaban. Todos los oíamos. Ya completaban por lo menos hora y media. ¿Un avión? ¿Dos? Difícil saberlo. Pero hasta los más bisoños nos dábamos cuenta de que no eran viajecitos de Satena.
Un rato después, Christophe llamó e informó. Había hablado con el Ministro y este, sin atribuirles mucha importancia, reconoció que se trataba de aviones militares de la Base de Tres Esquinas. Pero que inmediatamente ordenaría suspenderlos. Quince minutos después, el ruido había desaparecido.
Esa noche, al llegar con los cuatro ex rehenes a Villavicencio, nos enteramos de la confusa situación: el Comisionado negaba que hubiera habido vuelos, pero Santos reconocía que sí y hablaba de un acuerdo para operaciones militares aéreas por encima de los 20.000 pies. A su turno, el general Freddy Padilla, comandante de las Fuerzas Armadas, hizo chistes en el sentido de que nosotros estábamos en "un pic nic con las Farc" y aducía que se trataba de "vuelos humanitarios" para proteger a los comisionados de la Cruz Roja en caso de emergencia.
(Respetuoso mensaje al general Padilla: no son chistes lo que un ciudadano espera en tan dramáticos momentos de una autoridad como de su categoría. Hicimos cuanto pudimos para rebajar el ambiente de inseguridad creado por los aviones militares. Y lo logramos. En cuanto a los "sobrevuelos humanitarios", el General sabía bien que el segundo helicóptero brasileño estaba listo en Florencia para acudir ante cualquier eventualidad. Para eso no se necesitaban sobrevuelos).
Los compañeros de la Cruz Roja, hoy puedo decirlo, estaban tan estupefactos como nosotros. ¿Hubo acuerdo para que volaran aviones militares por encima de determinado punto? Patricia Danzi, jefe de operaciones latinoamericanas de la CICR y presente en el escenario selvático, me dijo: "He asistido a muchas misiones parecidas a esta en varios países del mundo. Jamás, por ningún motivo, la Cruz Roja permitiría aviones militares en una operación tan delicada".
El ruido de los motores se había silenciado, pero sus efectos eran devastadores. La guerrilla, oliendo una celada, se hallaba replegada y escondida. Pese a su coraza diplomática, los miembros de la Cruz Roja no podían ocultar su disgusto e inquietud. Los miembros de CPP estábamos convencidos de que se trataba, en el mejor de los casos, de un aprovechamiento indebido que hacía el Gobierno de las circunstancias y, en el peor, de una tarea de hostigamiento que buscaba el fracaso de la entrega para inculpar de ello a las Farc y hacernos quedar en ridículo a los demás.
Ni siquiera ahora podría decir qué se proponían los vuelos. Si fue un error de buena fe, es tan burdo que merece establecer culpas por omisión. Si fue un acto deliberado, alguien tiene que responsabilizarse. De todos modos, considero mi deber que el país sepa lo que pasó.
La misión se restablece
En ese momento la liberación estaba embolatada y habíamos perdido tres valiosas horas. La consigna de todos fue optar por el sosiego, seguir adelante y convencer a las Farc de que había garantías suficientes para culminar con éxito la operación.
Nos tranquilizaba saber que estaban allí los militares brasileños con su helicóptero en medio de la manigua. Su presencia tranquila y profesional era un aval para continuar.
La guerrilla atendió las razones de quienes insistíamos en no presentarnos en Villavo con las manos vacías y algún jefe, por un radio especial, comunicó al grupo de recepción que nos condujera hasta donde se hallaba el destacamento grande. Cuatro guerrilleros desarmados subieron al helicóptero y a las 12 y 36 partimos con el rumbo que uno de ellos indicó al piloto. Fue un viaje corto hacia un sitio desconocido. Empezamos a aterrizar en un paraje de colinas rodeadas de matas de monte. Con gran sorpresa vi que alguien filmaba nuestro arribo: en medio del huracán que desataban los rotores, reconocí a mi colega Hollman Morris al lado de un camarógrafo.
Nos recibieron en forma amable los comandantes Jairo Martínez y Luis Emiro Mosquera. Estábamos rodeados por dos cordones de guerrilleros bien uniformados, jóvenes y armados poderosamente. Eran quizás cien o más de cien. Abundaban las mujeres. Un cordón cercano rodeaba la zona de aterrizaje y veíamos la silueta más lejana de los del cerro como ven los vaqueros solitarios el perfil de las formaciones abrumadoras de sioux en las películas del Oeste.
Bajo un tenderete de lona, y sentados en sillas de plástico que aún tenían marcas de propaganda electoral, conversamos con Martínez y Mosquera. De manera enfática protestaron por los sobrevuelos y expresaron su temor de que el Gobierno los estuviera engañando. Hablaron de un enfrentamiento reciente en la vereda Doce de Octubre que dejó un guerrillero muerto y otro desaparecido. "Aún estamos aquí -nos dijeron a Piedad y compañía- por ustedes, los representantes del grupo de ciudadanos por la paz." Nosotros entendimos que ese voto de confianza conllevaba una seria responsabilidad pero podía ser, al mismo tiempo, el instrumento para liberar a los muchachos de la Policía y el Ejército, a pesar de la anómala situación que vivíamos.
No creo necesario revelar detalles de la charla entre los jefes guerrilleros y la Cruz Roja, que conocí como garante, pero es importante decir, para entender la situación, que las Farc manifestaron haber perdido la confianza en esa institución internacional.
Enseguida nos hicieron oír una grabación que, según explicaron, había captado horas antes uno de sus radios. En ella, la base (¿Tres Esquinas?) se comunicaba con un piloto, enmendaba unas coordenadas, insistía en fotografiar cuatro puntos y planteaba adelantar "una búsqueda sobre tierra". La palabra "tierra" implica infantería, y los jefes de las Farc temían que el Ejército ya estuviera tratando de localizar al grupo que iba a entregar a los rehenes.
Fue en ese momento cuando Botero consideró que la situación era crítica y cometió el error, sin consultar a nadie, ni siquiera a sus compañeros de grupo, de emitir un flash noticioso que alertara sobre el estado de cosas.
La batalla contra el reloj
La Cruz Roja relató el episodio con el ministro Santos y nos dispusimos a conversar y esperar. Los miembros de CPP les expusimos los ideales de justicia social que compartimos con ellos, pero condenamos con toda claridad sus métodos: el secuestro, la lucha armada, la muerte de inocentes. Así lo hemos hecho en nuestras cartas a las Farc a favor de un acuerdo humanitario, llave que abrió la entrega de estos rehenes. Nos oyeron con respeto y presentaron también sus puntos de vista. Contaron historias escalofriantes, como la de la familia del propio Jairo Martínez, asesinada en su presencia cuando niño por los chulativas en Planadas (Tolima).
Las horas pasaban. Nos ofrecieron sancocho y gaseosas. Pienso que la guerrilla había enviado algunos grupos de avanzada para verificar si se registraba movimiento de tropas y, de todos modos, quería alargar la tarde lo más posible en compañía de nosotros, los brasileños y la Cruz Roja. Nuestra presencia los amparaba. La noche es aliada de quienes se esconden en la selva. Por eso casi nunca caminan de día.
Esta aspiración estratégica, totalmente comprensible dado el ambiente de sospecha e incertidumbre creado por los sobrevuelos, conspiraba contra nuestros relojes. Para realizar un vuelo seguro de dos horas -distancia calculada hasta Villavicencio- necesitábamos volar con luz de día, aunque fuera crepuscular. Salir después de las 4 p.m. implicaba un riesgo.
Lo peor es que aún estaba en alerta el grupo guerrillero y en suspenso la liberación. Nos dedicamos entonces a reconstruir un ambiente que rebajara las tensiones. Mosquera, un antiguo dirigente sindical comunista que se refugió en las Farc porque estaban asesinando a sus colegas, quiso que le oyéramos sus composiciones: nos cantó una ranchera, una guasca y un pasaje llanero. (Más tarde oímos también al soldado Domínguez, que interpretó una canción compuesta bajo las cadenas de su atroz cautiverio de dos años. Era distinta a la que cantó por televisión esa misma noche).
Por petición de Martínez, Piedad saludó de mano a muchos guerrilleros. Ya eran las tres y media. Nos estábamos pasando del límite, porque la guerrilla exige dos horas de espera después de su salida; necesita tiempo para dispersarse y esconderse. Piedad explicó la situación a los dos jefes y les propuso que aceleraran la entrega de los rehenes y nos rebajaran el plazo de espera a solo una hora. De lo contrario, un vuelo nocturno por los farallones orientales nos exponía a todos. Martínez y Mosquera aceptaron.
Poco después aparecieron con los cuatro muchachos, que abrazaron emocionados a Piedad y luego a cada uno de nosotros. Parecía increíble, pero habíamos logrado liberarlos. En ese momento llegaron noticias de que había "movimientos raros" en veredas cercanas (finalmente no fue así, pero era imposible saberlo entonces). Con rapidez, los hombres de las Farc formaron, cantaron su himno y se despidieron. Cinco minutos después no quedaba un solo guerrillero. Cincuenta y cinco más tarde salimos con los antiguos cautivos hacia Villavicencio. Hollman Morris pidió a la Cruz Roja que lo subiera al helicóptero con su camarógrafo, pero el delegado consideró que violaría los protocolos del viaje.
Llegamos a las 6 y 53, con la alegría de entregar los muchachos a sus familias tras una jornada de nervios y tensiones. Pero el día aún no había terminado para nosotros.
Noche de vetos
Nos esperaba una reunión con el Comisionado de Paz en una oficina del aeropuerto. Quería reclamar por la noticia que había emitido Botero, algo de lo que nos enteramos en ese momento. La ocasión era oportuna, porque nosotros también teníamos reclamos que hacer, como garantes, por la insólita interferencia de los sobrevuelos militares. Acudimos a entrevistarnos con Luis Carlos Restrepo y sus tres asistentes. Estábamos presentes, además, los dos delegados de Cruz Roja y los cuatro de CPP. Restrepo pidió que habláramos con franqueza y cedió la palabra a Piedad.
Esta explicó la indignación que nos produjo la situación creada a despecho de todos los acuerdos y dejó claro que, si se había podido entregar minutos antes los cuatro cautivos a oficiales del Ejército y la Policía, era debido a la labor de convencimiento realizada por nosotros, a la garantía que ofrecía la presencia de los brasileños y al trabajo de la Cruz Roja. Luego me pidió que hablara yo.
Le anuncié a Restrepo que iba a ser tan claro como la situación exigía. Protesté por la irresponsabilidad de los sobrevuelos y dudé de que fueran una acción inconsulta del general Padilla.
-Sus palabras son muy duras- me reprochó Restrepo.
-Lo que ustedes hicieron es más duro- le repliqué, más o menos-. Yo no vine aquí de florero, sino a cumplir un deber. Este deber es denunciar y contar lo ocurrido y exigir garantías para las próximas operaciones de liberación.
La Cruz Roja también expuso sus opiniones y luego habló Restrepo. Dijo que, por instrucciones del Presidente, quitaba el respaldo a la presencia de Botero en la comisión y mencionó lo del avance noticioso y el efecto de zozobra que había producido. Piedad, Olga Amparo y yo pedimos unos minutos para reunirnos con Jorge Enrique. Oímos su explicación y consideramos que las circunstancias de zozobra atenuaban su responsabilidad, pero le reprochamos haber violado la promesa de solo emitir información tres semanas después y le pedimos que ofreciera disculpas públicas y se abstuviera de nuevas trasgresiones de los protocolos acordados. Botero aceptó su error ante todos los de la misión y se comprometió a consultar cualquier duda con Grobet. Así las cosas, lo respaldamos y pedí la palabra para que el Comisionado intercediera a fin de que el Presidente le levantase el veto.
Botero nunca escondió su condición de periodista; siempre anduvo con la cámara en la mano; pidió permiso para grabar un documental y todos se lo dieron: el Gobierno, la Cruz Roja y las Farc. Cometió un error, ciertamente, pero fue producto de la situación de tensión que crearon los sobrevuelos.
-Estas misiones deben tener un registro histórico -añadí-, y al bajar Botero, se perderá el registro. Sería aconsejable que el Presidente reconsiderara su veto a quien ya reconoció su error.
Mientras el Comisionado se alejaba a consultar con el Presidente en otra oficina, supimos por Botero que algunos de sus colegas lo estaban criticando tanto como el Gobierno, y nos preguntábamos qué suerte estaría corriendo Morris. De todos modos, había que prepararse, porque al día siguiente saldríamos a recibir a Alan Jara, un político llanero secuestrado por las Farc en el 2001 que goza de enorme simpatía.
Pero la ilusión de recuperar a Jara se vino a pique en pocas horas. El Comisionado señaló que el Presidente no solo no levantaba a Botero el veto (no usó esta palabra: era muy fuerte) sino que lo extendía a mí. Yo también había perdido la confianza del Gobierno. No podíamos creer que a una argumentación mía, Uribe respondiera con un nuevo veto. ¿La explicación?
-El Presidente dice que esto se está volviendo un espectáculo periodístico-.
La consigna fue: continuar
La disculpa era indignante. Le dije con vehemencia a Restrepo que si tenía alguna queja contra mí como garante, que la expusiera de inmediato, porque yo consideraba haber cumplido mi misión con absoluto rigor. Lamentaba mucho si mi deber de denunciar violaciones a lo acordado, como los sobrevuelos, le molestaban o no. Al no haber reproche alguno por mi trabajo como garante, y ya que Uribe hablaba de "espectáculo periodístico", parecía claro que me vetaba por ser periodista. Agregué, más o menos: "Como periodista, me tiene sin cuidado el veto de este o cualquier gobierno". (Para un periodista que se respete, el veto oficial de un gobierno es un diploma de independencia). "Pero nuestra meta es sacar a los rehenes, así que me haré a un lado desde este momento y colaboraré con mi silencio hasta que logremos nuestro propósito."
Le pedí que enviara al Presidente el mensaje personal de que había cometido una "profunda injusticia". Quise decir atropello o infamia, pero me moderé.
Restrepo ratificó que solo estaba en pie la credencial de Piedad y en un limbo la de Olga Amparo, a quien no había cómo descalificar. Eran más de las nueve cuando se levantó la reunión.
Unas horas más tarde, al ver desde el hotel el "espectáculo periodístico" del Presidente con los muchachos que acababan de salir de su cautiverio, nos enteramos de que Piedad también había sido vetada por el Gobierno.
El lunes supe que el Presidente había comentado que nunca habló con Restrepo de vetos personales ni recibió entre las 7 y las 10 p.m. ninguna llamada del Comisionado. ¿A quién creerle?
A pesar de todo, acordamos insistir -decisión que apoyaron los miembros de CPP llegados a Villavicencio-, terminar la misión aunque tuviera que ir sola Piedad, abstenernos de todo comentario hasta recuperar al último secuestrado, y mantener abierto el camino de un acuerdo humanitario.
Así ocurrió dichosamente el jueves y, de nuevo con la camiseta de periodista, puedo ahora contar lo que pasó durante aquellas difíciles horas.
DANIEL SAMPER PIZANO
domingo, 8 de febrero de 2009
La opción es nuevo orden mundial o caos
Obama tiene una oportunidad histórica de generar estructuras políticas y económicas verdaderamente globales.
Por Henry Kissinger, EX SECRETARIO DE ESTADO DE LOS EE.UU., Clarín, Buenos Aires, febrero 1 de 2009.
La nueva administración estadounidense acaba de asumir sus funciones en medio de una grave crisis, tanto financiera como internacional. Puede parecer poco razonable, pero no lo es, afirmar que, precisamente, la naturaleza inestable del sistema internacional genera una oportunidad única para la diplomacia creativa.Esta oportunidad supone una aparente contradicción. En un nivel, hay que reconocer que el colapso financiero representa un golpe contundente a la posición de los Estados Unidos.
Si bien los criterios políticos estadounidenses con frecuencia han resultado controvertidos, la receta estadounidense para un orden financiero mundial no ha sido en líneas generales cuestionada. En este momento, la desilusión con la gestión realizada por por el anterior gobierno de Estados Unidos en ese sentido es generalizada.Al mismo tiempo, la magnitud de la debacle hace que al resto del mundo le resulte imposible seguir refugiándose durante más tiempo detrás del predominio estadounidense o de las deficiencias estadounidenses.
Cada país deberá reevaluar su propia contribución a la crisis imperante. Cada uno tratará de independizarse, en el mayor grado posible, de las condiciones que produjeron el colapso; al mismo tiempo, cada uno se verá obligado a enfrentar la realidad de que sus dilemas solamente pueden ser resueltos mediante la acción común. Aun los países más ricos tendrán que afrontar recursos más escasos. Cada uno deberá redefinir sus prioridades nacionales.
Surgirá un orden internacional si sale a la luz un sistema de prioridades compatibles. Se fragmentará desastrosamente si las distintas prioridades no pueden ser conciliadas.El punto más bajo del sistema financiero internacional existente coincide con crisis políticas simultáneas en todo el globo. Nunca se habían producido tantas transformaciones al mismo tiempo en tantas partes diferentes del mundo ni habían resultado tan globalmente accesibles mediante una comunicación instantánea.
La alternativa a un nuevo orden internacional es el caos.Las crisis financiera y política están, a decir verdad, estrechamente ligadas en parte porque durante el período de exuberancia económica se había abierto en el mundo una brecha entre la organización económica y la política.
El mundo económico se ha globalizado. Sus instituciones tienen alcance global y han funcionado sobre la base de máximas que daban por sentado un mercado global que se autoregulaba.El colapso financiero reveló el espejismo. Puso en evidencia la ausencia de instituciones globales para amortiguar el shock y revertir la tendencia. Inevitablemente, cuando los pueblos afectados recurrieron a sus instituciones políticas nacionales, éstas eran principalmente motorizadas por la política interna, no por consideraciones del orden mundial.Cada país importante ha intentado resolver sus problemas inmediatos esencialmente por su cuenta y diferir la acción común para un punto ulterior, menos condicionado por la crisis. Han aparecido los así llamados planes de rescate por etapas a nivel nacional, en general reemplazando el crédito doméstico que, por empezar, produjo la debacle, por crédito estatal aparentemente infinito, sin lograr hasta ahora otra cosa que originar un pánico incipiente.
El orden internacional no surgirá en el campo político ni en el económico hasta que no aparezcan reglas generales que sirvan de orientación a los países.En definitiva, para que los sistemas político y económico puedan armonizarse, una de dos: o se crea un sistema regulatorio político internacional con el mismo alcance que el del mundo económico; o se achican las unidades económicas a un tamaño manejable por las estructuras políticas existentes, lo cual probablemente lleve a un nuevo mercado, quizá de unidades regionales. Un tipo de acuerdo global como Bretton Woods es, de lejos, la salida preferible.El rol de Estados Unidos en esta empresa será decisivo.
Paradójicamente, la influencia estadounidense será grande en proporción a la modestia de nuestra conducta; debemos modificar la arrogancia moral que ha caracterizado demasiadas actitudes estadounidenses, sobre todo desde la caída de la Unión Soviética. Ese acontecimiento seminal y el período posterior de crecimiento global casi sin interrupción indujeron a muchos a equiparar el orden mundial con la aceptación de los designios estadounidenses, entre otros, nuestras preferencias domésticas. El resultado fue cierto unilateralismo intrínseco -la queja habitual de los críticos europeos- o de lo contrario un tipo insistente de consulta mediante la cual se invitaba a los países a probar su aptitud para ingresar en el sistema internacional ajustándose a las prescripciones estadounidenses.
Desde la asunción del presidente John F. Kennedy medio siglo atrás, ninguna administración había asumido con semejante acumulación de expectativas. No tiene precedentes que todos los actores principales de la escena mundial estén admitiendo su deseo de emprender en colaboración con los Estados Unidos las transformaciones que la crisis mundial les ha impuesto.El impacto extraordinario del presidente Barack Obama en la imaginación de la humanidad es un elemento importante para configurar el nuevo orden mundial. Pero define una oportunidad, no una política.El desafío último es configurar la preocupación común de la mayoría de los países y de todos los más importantes en relación a la crisis económica, conjuntamente con un miedo común hacia el terrorismo jihadista, en una estrategia común reafirmada por la conciencia de que los problemas nuevos, como la proliferación nuclear, la energía y el cambio climático no permiten una solución nacional o regional.
Traducción de Cristina SardoyCopyright Clarín y Tribune Media Services, 2009.
Por Henry Kissinger, EX SECRETARIO DE ESTADO DE LOS EE.UU., Clarín, Buenos Aires, febrero 1 de 2009.
La nueva administración estadounidense acaba de asumir sus funciones en medio de una grave crisis, tanto financiera como internacional. Puede parecer poco razonable, pero no lo es, afirmar que, precisamente, la naturaleza inestable del sistema internacional genera una oportunidad única para la diplomacia creativa.Esta oportunidad supone una aparente contradicción. En un nivel, hay que reconocer que el colapso financiero representa un golpe contundente a la posición de los Estados Unidos.
Si bien los criterios políticos estadounidenses con frecuencia han resultado controvertidos, la receta estadounidense para un orden financiero mundial no ha sido en líneas generales cuestionada. En este momento, la desilusión con la gestión realizada por por el anterior gobierno de Estados Unidos en ese sentido es generalizada.Al mismo tiempo, la magnitud de la debacle hace que al resto del mundo le resulte imposible seguir refugiándose durante más tiempo detrás del predominio estadounidense o de las deficiencias estadounidenses.
Cada país deberá reevaluar su propia contribución a la crisis imperante. Cada uno tratará de independizarse, en el mayor grado posible, de las condiciones que produjeron el colapso; al mismo tiempo, cada uno se verá obligado a enfrentar la realidad de que sus dilemas solamente pueden ser resueltos mediante la acción común. Aun los países más ricos tendrán que afrontar recursos más escasos. Cada uno deberá redefinir sus prioridades nacionales.
Surgirá un orden internacional si sale a la luz un sistema de prioridades compatibles. Se fragmentará desastrosamente si las distintas prioridades no pueden ser conciliadas.El punto más bajo del sistema financiero internacional existente coincide con crisis políticas simultáneas en todo el globo. Nunca se habían producido tantas transformaciones al mismo tiempo en tantas partes diferentes del mundo ni habían resultado tan globalmente accesibles mediante una comunicación instantánea.
La alternativa a un nuevo orden internacional es el caos.Las crisis financiera y política están, a decir verdad, estrechamente ligadas en parte porque durante el período de exuberancia económica se había abierto en el mundo una brecha entre la organización económica y la política.
El mundo económico se ha globalizado. Sus instituciones tienen alcance global y han funcionado sobre la base de máximas que daban por sentado un mercado global que se autoregulaba.El colapso financiero reveló el espejismo. Puso en evidencia la ausencia de instituciones globales para amortiguar el shock y revertir la tendencia. Inevitablemente, cuando los pueblos afectados recurrieron a sus instituciones políticas nacionales, éstas eran principalmente motorizadas por la política interna, no por consideraciones del orden mundial.Cada país importante ha intentado resolver sus problemas inmediatos esencialmente por su cuenta y diferir la acción común para un punto ulterior, menos condicionado por la crisis. Han aparecido los así llamados planes de rescate por etapas a nivel nacional, en general reemplazando el crédito doméstico que, por empezar, produjo la debacle, por crédito estatal aparentemente infinito, sin lograr hasta ahora otra cosa que originar un pánico incipiente.
El orden internacional no surgirá en el campo político ni en el económico hasta que no aparezcan reglas generales que sirvan de orientación a los países.En definitiva, para que los sistemas político y económico puedan armonizarse, una de dos: o se crea un sistema regulatorio político internacional con el mismo alcance que el del mundo económico; o se achican las unidades económicas a un tamaño manejable por las estructuras políticas existentes, lo cual probablemente lleve a un nuevo mercado, quizá de unidades regionales. Un tipo de acuerdo global como Bretton Woods es, de lejos, la salida preferible.El rol de Estados Unidos en esta empresa será decisivo.
Paradójicamente, la influencia estadounidense será grande en proporción a la modestia de nuestra conducta; debemos modificar la arrogancia moral que ha caracterizado demasiadas actitudes estadounidenses, sobre todo desde la caída de la Unión Soviética. Ese acontecimiento seminal y el período posterior de crecimiento global casi sin interrupción indujeron a muchos a equiparar el orden mundial con la aceptación de los designios estadounidenses, entre otros, nuestras preferencias domésticas. El resultado fue cierto unilateralismo intrínseco -la queja habitual de los críticos europeos- o de lo contrario un tipo insistente de consulta mediante la cual se invitaba a los países a probar su aptitud para ingresar en el sistema internacional ajustándose a las prescripciones estadounidenses.
Desde la asunción del presidente John F. Kennedy medio siglo atrás, ninguna administración había asumido con semejante acumulación de expectativas. No tiene precedentes que todos los actores principales de la escena mundial estén admitiendo su deseo de emprender en colaboración con los Estados Unidos las transformaciones que la crisis mundial les ha impuesto.El impacto extraordinario del presidente Barack Obama en la imaginación de la humanidad es un elemento importante para configurar el nuevo orden mundial. Pero define una oportunidad, no una política.El desafío último es configurar la preocupación común de la mayoría de los países y de todos los más importantes en relación a la crisis económica, conjuntamente con un miedo común hacia el terrorismo jihadista, en una estrategia común reafirmada por la conciencia de que los problemas nuevos, como la proliferación nuclear, la energía y el cambio climático no permiten una solución nacional o regional.
Traducción de Cristina SardoyCopyright Clarín y Tribune Media Services, 2009.
Uribe afrenta a los humanistas por la paz
Las expresiones de Álvaro Uribe Velez en el Consejo Comunitario de hoy son la expresión del orgullo del poder desmoronado ante los logros de la sociedad que ha interlocutado con la guerrilla de las Farc Ep, demostrando la construcción de un escenario humanitario frente al guerrerista, y el del diálogo político para abordar las causas de la guerra.
Las manifestaciones uribistas son las posturas de la guerra en tribuna, las de aplausos en la distancia del mundo de las víctimas, en esas palabras de hoy, vuelve a revelarse el obstáculo mayor para la posibilidad de lo humanitario, pero también para la construcción de un nuevo país, que asume las contradicciones, las injusticias para abordarlas en su hondo contenido socio económico, político, cultural, comunicativo.
Los resultados concretos del carteo entre el Secretariado de las Farc y Colombianos por la Paz deja la constancia de la ausencia de una política de paz y la subordinación de los derechos de las víctimas a los postulados de la seguridad. Seguridad con su estela de ejecuciones extrajudiciales, de reingenieria paramilitar, de nuevas formas de "limpieza social", de torturas y desapariciones forzadas, de desterritorialización y desarraigo.
Las palabras de Uribe son coherentes con su doctrina, con un dogmatismo ciego. Lejos estaríamos de pensar que cambiaría, ese camino continuará simulando que hay "progreso", que hay "democracia", que hay "paz". Sin embargo para las víctimas del conflicto armado, para las víctimas de Crímenes de Estado, para los empobrecidos, para los excluidos, para las clases medias, para un sector empresarial ese camino de la guerra, de la consideración del otro como terrorista, solo prolongará el dolor, la impunidad, la injusticia y alimentará las ganancias de quiénes se benefician de la guerra, aquí y fuera del país.
Olvida en sus expresiones Uribe, que su Estado comunitario no está propiciando la justicia, sino la indignidad y la mendicancia, pero no el empleo digno, no la satisfacción de las necesidad básicas, la tierra, la seguridad alimentaria, el techo, la salud, la educación.
En contravía de la sensatez de los humanistas y de los análisis desapasionados sobre los conflictos armados, que se refieren siempre a causas, a motivaciones, que llevan a la decisión de empuñar las armas o a la desobediencia civil, la insensatez fundada en el orgullo, en la vanidad del poder continuará llevando al abismo.
Las palabras de Uribe pretenden ocultar esta batalla perdida, pues solo mira la vida como guerra, en la que la mentira y el saboteo, no logró impedir la libertad de 6 cautivos.
Bogotá. D.C. 7 de febrero de 2009
COMISION INTERECLESIAL DE JUSTICIA Y PAZ
Las manifestaciones uribistas son las posturas de la guerra en tribuna, las de aplausos en la distancia del mundo de las víctimas, en esas palabras de hoy, vuelve a revelarse el obstáculo mayor para la posibilidad de lo humanitario, pero también para la construcción de un nuevo país, que asume las contradicciones, las injusticias para abordarlas en su hondo contenido socio económico, político, cultural, comunicativo.
Los resultados concretos del carteo entre el Secretariado de las Farc y Colombianos por la Paz deja la constancia de la ausencia de una política de paz y la subordinación de los derechos de las víctimas a los postulados de la seguridad. Seguridad con su estela de ejecuciones extrajudiciales, de reingenieria paramilitar, de nuevas formas de "limpieza social", de torturas y desapariciones forzadas, de desterritorialización y desarraigo.
Las palabras de Uribe son coherentes con su doctrina, con un dogmatismo ciego. Lejos estaríamos de pensar que cambiaría, ese camino continuará simulando que hay "progreso", que hay "democracia", que hay "paz". Sin embargo para las víctimas del conflicto armado, para las víctimas de Crímenes de Estado, para los empobrecidos, para los excluidos, para las clases medias, para un sector empresarial ese camino de la guerra, de la consideración del otro como terrorista, solo prolongará el dolor, la impunidad, la injusticia y alimentará las ganancias de quiénes se benefician de la guerra, aquí y fuera del país.
Olvida en sus expresiones Uribe, que su Estado comunitario no está propiciando la justicia, sino la indignidad y la mendicancia, pero no el empleo digno, no la satisfacción de las necesidad básicas, la tierra, la seguridad alimentaria, el techo, la salud, la educación.
En contravía de la sensatez de los humanistas y de los análisis desapasionados sobre los conflictos armados, que se refieren siempre a causas, a motivaciones, que llevan a la decisión de empuñar las armas o a la desobediencia civil, la insensatez fundada en el orgullo, en la vanidad del poder continuará llevando al abismo.
Las palabras de Uribe pretenden ocultar esta batalla perdida, pues solo mira la vida como guerra, en la que la mentira y el saboteo, no logró impedir la libertad de 6 cautivos.
Bogotá. D.C. 7 de febrero de 2009
COMISION INTERECLESIAL DE JUSTICIA Y PAZ
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