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lunes, 1 de junio de 2009

SOCIALISMO AUTÉNTICO Y COOPERATIVISMO


Mario Bunge es el más importante e internacionalmente reconocido filósofo latinoamericano. Físico y filósofo de saberes enciclopédicos y comprometido con los valores de la democracia republicana, los derechos humanos y la justicia social y económica. Son devastadoras sus críticas de las pretensiones seudocientíficas de la teoría económica neoclásica económica y del sicoanálisis.



Por Mario Bunge




La sociedad capitalista, caracterizada por el llamado mercado libre, está en grave crisis. Aunque los políticos y sus economistas nos prometen que eventualmente saldremos de ella, no nos dicen cómo ni cuándo. No pueden hacerlo porque carecen de teorías económicas y políticas correctas: sólo disponen de modelos matemáticos irreales y de consignas ideológicas apolilladas. Esto vale no sólo para los dirigentes neoliberales sino también para los socialistas, tanto los moderados como los autoritarios. Los neoliberales no nos explican la alquimia que transformaría la libertad de empresa y de comercio en prosperidad; y los pocos marxistas que quedan se regocijan con la crisis que profetizaron tantas veces, pero no proponen ideas nuevas y realistas para reconstruir la sociedad sobre bases más justas y sostenibles.Yo creo que hay motivos prácticos y morales para preferir el socialismo auténtico al capitalismo, y que la construcción del socialismo no requiere la restricción de la democracia sino, muy por el contrario, su ampliación, del terreno político a todos los demás. Esto es lo que llamo democracia integral: biológica, económica, cultural y política (1) Bunge 1979). Semejante sociedad sería inclusiva: no habría exclusiones por sexo ni por raza, ni explotación económica, ni cultura exclusivista, ni opresión política.




Se preguntará, con razón, si ésta no será una utopía más, y mi postura la de un cantamañanas. Mi respuesta es que la democracia integral podrá tardar varios siglos en realizarse, pero que su embrión nació hace ya más de un siglo, cuando se constituyeron las primeras cooperativas de producción y trabajo en Italia, sobre la base de empresas capitalistas fallidas. Un ejemplo parecido, más reciente y modesto, es el movimiento argentino de las fábricas recuperadas; éstas fueron las empresas que, cuando fueron abandonadas por sus dueños por considerarlas improductivas, fueron ocupadas y reactivadas por sus trabajadores (2). Estos son ejemplos en pequeña escala de socialismo cooperativista.




Si en los EE UU hubiera sindicatos y partidos políticos progresistas, éstos aprovecharían la ocasión actual y transformarían en cooperativas las grandes empresas en bancacarrota, tales como General Motors y AIG. Obviamente, semejante cambio requiere la anuencia de los poderes públicos, ya que involucra el reconocimiento legal de las empresas "recuperadas" por sus empleados, cosa que ocurrió en Argentina. Pero lo que ha estado haciendo el gobierno norteamericano desde fines del 2008 es usar dineros públicos para rescatar esas empresas privadas fallidas por mala gestión. O sea, ha estado haciendo lo opuesto de Robin Hood. Garrett Hardin (3) lo llamó "socializar las pérdidas y privatizar las ganancias".




En resumen, un programa realista para los partidos socialistas partiría de la consigna de la Revolución Francesa, agregándole participación y competencia en la gestión del Estado. El medio para realizar este ideal de la democracia integral es: Ir construyéndola de a poco y desde abajo con las cenizas del capitalismo en tren de autocombustión. O sea, multiplicar las cooperativas y mutualidades, renovar los partidos socialistas con una fuerte dosis de ciencia y tecnología sociales, fortalecer los sindicatos independientes, fundar centros de estudios de la realidad social, y multiplicar las bibliotecas y universidades populares.En suma, el socialismo tiene porvenir si se propone ir socializando gradualmente todos los sectores de la sociedad. Su finalidad sería ampliar el Estado liberal y asistencial para construir un socialismo democrático y cooperativista. Este pondría en práctica una versión actualizada de la consigna de la Revolución Francesa de 1789, a saber: Libertad, igualdad, fraternidad, participación, e idoneidad.




NOTAS: (1) Mario Bunge, Treatise on Basic Philosophy, tomo 4: A World of Systems. Dordrecht, Boston: D. Reidel, 1979. (2) J. Rebón e I. Saavedra: Empresas recuperadas: La autogesión de los trabajadores. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2006. (3) Garrett Hardin: Filters Against Folly. Nueva York, Londres, Penguin Books, 1985.




(Usted puede opinar sobre esta nota y otras del blog en: http://www.lapulga.blogspot.com/)

miércoles, 27 de mayo de 2009

LAS DOS CARAS DE LA CRISIS

(Escribe Pulgonzo)

Al comienzo de la crisis económica y financiera qe vive el mundo, muchos creían ingenuamente que se trataba de un problema de macroeconomía, de los bancos, las compañías de seguros y las grandes empresas, y que no afectaría para nada el bolsillo de la gente. Ayer las agencias noticiosas informaron sobre dos hechos que muestran dos caras de la misma moneda: las consecuencias dramáticas de la crisis en dos planos aparentemente opuestos.

La quiebra del gigante automotor General Motors de Estados Unidos parece inminente y se oficializaría antes del próximo 31 de mayo. No puede cumplir con el requisito exigido por el gobierno de su país: propuesta de solución a su deuda no asegurada, que acepte un número de acreedores representativos de al menos el 9o% de los 27.200 millones de dólares que constituyen esa deuda.

La GM no ha convencido a sus acredores sobre la bondad de la propuesta y por eso la quiebra es casi segura. Sin, embargo, puede ocurrir algo a última hora que la salve. Eso se deduce de las mismas palabras de su presidente el señor Fritz Henderson.

Mientras tanto en España, el colombiano Segundo Quiñones tampoco ha podido convencer al gobierno y al banco al que le debe por su casa de habitación, que se establezcan "hipotecas justas para todos".

El caleño lleva 37 días protestando al frente del Palacio de la Moncloa en Madrid buscando que además de hipotecas justas, no continúen los embargos y no sigan masacrando a las familias deudoras, según sus propias palabras. Pide que consideren que por la crisis económica millones de padres se han quedado sin empleo y por esto sin la posibilidad de pagar mensualmente las cuotas de hipotecas correspondientes. Quiñones preside la Asociación de Familias Hipotecadas y Embargadas por los Abusos Bancarios de ese país. Nadie le para bolas entre quienes tienen el poder de solución humana. Y entre la gente corriente unos lo apoyan y otros lo insultan, le dicen que se vuelva a Colombia o que se ponga a trabajar en vez de estar protestando. Seguramente éstos piensan que esa no es una actitud correcta de una persona bien y que lo demás es populismo, como todo lo que huela a defensa de los intereses populares.

A Quiñones lo acompaña, por otro motivo, el catalán José Sánchez. Este protesta porque el gobierno español, como muchos otros, creyó tambien ingenuamente que el problema era pasajero y que no adquiriría los ribetes dramáticos de hoy. Y hacían creer a su gente, de manera irresponsable, como en Colombia el ministro Zuluaga, que la "economía estaba blindada".

Y mientras todo esto ocurre, gentes como el novelista peruano Vargas Llosa siguen aprovechando cualquier púlpito para defender el modelo neoliberal por sus supuestas bondades y ofender gobiernos que se han propuesto meter en cintura a empresarios que olviden la función social del capital, tildándolos de populistas. Ignorando de paso que el mundo viene de regreso e incluso profetas destacados del libre mercado a ultranza le descubren el cobre ahora al modelito que defiende "el escribidor".

martes, 14 de abril de 2009

Obama y la crisis capitalista: un análisis de clase

De un trabajo detenido y bien documentado, analítico y profundo, de James Petras, uno de los historiadores más lúcidos del mundo actual, extractamos el capítulo referente a las medidas del presidente Obama para enfrentar la crisis financiera y económica que vive su país, con repercusiones dramáticas en todo el mundo. De una manera clara nos explica las circunstancias en que pasó la economía norteamericana a desindustrializarse mientras el capital financiero se fortalecía, terminando luego en una economía de papel. Y considera un error de Obama y los estrategas del capitalismo no fortalecer el consumo con mejores salarios y subsidios al desempleo, para por esta vía fortalecer la producción, en vez de favorecer el capital especulativo y la inversión militar en detrimento de la inversión civil. El texto fue publicado por Red Voltaire ( voltairenet.org).

LOS ERRORES DE LOS ESTRATEGAS CAPITALISTAS
Los programas elaborados por la UE y EEUU, junto a capitalistas de otras regiones, ni siquiera consiguen reconocer las bases estructurales de la depresión.
En primer lugar, Obama ha asignado un billón de dólares a la compra de activos bancarios sin valor y más del 40% de su paquete de estímulo, 787.000 millones, irá a bancos insolventes y desgravaciones fiscales, en vez de ir destinado al sector productivo, y todo ello con el fin de salvar a los propietarios de acciones y bonos, mientras más de 600.000 trabajadores pierden mensualmente sus empleos.
En segundo lugar, el gobierno de Obama destina más de 800.000 millones de dólares a la financiación de las guerras de Iraq y Afganistán, con el fin de sostener la construcción imperial basada en el sector militar. Esto constituye una transferencia masiva de fondos públicos de la economía civil al sector militar, lo que obliga a decenas de miles de jóvenes desempleados a alistarse en el ejército (Boston Globe, 1 de marzo de 2009.)
En tercer lugar, la comisión creada por Obama para supervisar la reestructuración de la industria del automóvil estadounidense ha apoyado los planes de la industria de cerrar docenas de fábricas, eliminar los planes de salud financiados por las empresas en beneficio de sus jubilados y forzar a decenas de miles de trabajadores a aceptar reducciones brutales en atención sanitaria y pensiones. Toda la carga que implica reintegrar la industria del automóvil, de propiedad privada, a la senda de los beneficios, se carga sobre las espaldas de los trabajadores asalariados y retirados y las de los contribuyentes estadounidenses.
En su conjunto, la estrategia económica del gobierno de Obama consiste en salvar a los poseedores de acciones mediante la asignación interminable de billones de dólares en sociedades insolventes y la compra de deuda sin valor y activos fallidos de empresas financieras. Al mismo tiempo, su gobierno evita realizar cualquier tipo de inversión estatal directa en empresas productivas de propiedad estatal, que proporcionarían empleo a los diez millones de trabajadores desempleados. Mientras que el presupuesto de Obama dedica más del 40% a gastos militares y pago de la deuda, uno de cada diez estadounidenses ha perdido de su hogar, el número de ciudadanos sin empleo está llegando a porcentajes de dos cifras y el número de los que reciben bonos de racionamiento (food stamps) para cubrir sus necesidades básicas de alimentación se está incrementando durante 2009 en millones de personas.
El sistema de creación de empleo de Obama canaliza miles de millones hacia las grandes empresas privadas de telecomunicaciones, construcción, medioambientales y de la energía, en las que la mayor parte de los fondos del gobierno va a la gestión mayor y al personal y proporciona beneficios a los titulares de valores, mientras que una menor parte irá a trabajadores asalariados. Por otra parte, la mayor parte de los trabajadores desempleados en los sectores de la manufactura y los servicios no es ni remotamente empleable en los sectores beneficiarios. Solamente una fracción del paquete de estímulo se asignará en 2009.
Su propósito e impacto consistirá en mantener las rentas de las clases dirigentes, financiera e industrial, y aplazar su desaparición, necesaria desde hace tiempo. Su efecto será aumentar las desigualdades socioeconómicas entre la clase gobernante y los trabajadores asalariados. Los incrementos fiscales en las rentas más altas se producirán paulatinamente, pero las deudas masivas resultantes de los déficits fiscales recaen ya sobre las espaldas de los contribuyentes asalariados.
Obama asume con todo entusiasmo y apoyo la construcción militar del imperio, incluso en pleno déficit récord del presupuesto y del comercio y ante una depresión de avance inexorable, lo que lo define como un militarista sin par en historia moderna. A pesar de las promesas en contra, el presupuesto militar para 2009-2010 excede al del gobierno de Bush por lo menos en un 4%. El número de fuerzas militares de EEUU aumentará en centenares de miles.
El número de tropas de EEUU en Iraq seguirá estando cercano a su cifra más alta, y aumentará en decenas de miles las destacadas en Afganistán, por lo menos a lo largo de 2009 (a pesar de las promesas en contra.) Los ataques estadounidenses, por tierra y aire, contra Pakistán han aumentado en proporción geométrica. Los nombramientos de más alto rango en materia de relaciones exteriores que ha realizado el presidente Obama en el Departamento de Estado, el Pentágono, el Tesoro y el Consejo de Seguridad Nacional, especialmente en todo lo que se relacione con Oriente Medio, son sionistas predominantemente militaristas con una larga tradición de defensa de la guerra contra Irán y con lazos estrechos con el alto mando israelí.
En resumen, las principales prioridades del gobierno de Obama son evidentes en su asignación de recursos financieros y materiales, en sus nombramientos de los principales responsables de políticas económicas y exteriores, y en los términos en los que las diferentes clases sociales se benefician o resultan perjudicadas bajo su gobierno. Las políticas del Obama demuestran que su gobierno está totalmente comprometido con la salvación de la clase capitalista y el imperio de EEUU. Para ello, está dispuesto a sacrificar las necesidades inmediatas más básicas, los intereses futuros y el nivel de vida de la gran mayoría de estadounidenses trabajadores y propietarios de viviendas, que son los más directamente afectados por la depresión económica nacional.
Obama ha aumentado el alcance de la construcción del imperio y ha potenciado la posición de poder de los militaristas pro Israel en su gobierno. La recuperación económica de Obama y sus estrategias de escalada militar son financiera y fiscalmente incompatibles; el coste de éstas socava el impacto de aquéllas y deja un agujero tremendo en cualquier esfuerzo para contrarrestar el hundimiento de los servicios sociales, el incremento de las ejecuciones hipotecarias de viviendas, las quiebras empresariales y los despidos masivos.
Las transferencias horizontales de riqueza pública realizadas por el gobierno de Obama en favor de la clase económica dirigente no tienen un efecto de goteo –trickle down– sobre los empleos, el crédito y los servicios sociales. Intentar convertir bancos insolventes en empresas saneadas y capaces de generar crédito es una incongruencia. El dilema central de Obama es cómo crear las condiciones para restaurar la rentabilidad a los sectores fallidos de la economía existente en EEUU.
Su estrategia plantea varios problemas fundamentales:
En primer lugar, la estructura económica de EEUU que en su día generaba empleo, beneficios y crecimiento ya no existe. Se ha desmontado en el curso del desvío de capitales hacia otros países y hacia los instrumentos financieros y otros sectores económicos improductivos.
En segundo lugar, las políticas de estímulo de Obama refuerzan el dominio financiero sobre la economía y canalizan gran cantidad de recursos a este sector en vez de reequilibrar la economía en beneficio del sector productivo. Incluso dentro de este sector productivo, los recursos del Estado van a parar a manos de las élites capitalistas que han demostrado su incapacidad para generar empleo sostenible, estimular la competitividad del mercado e innovar según las preferencias e intereses de los consumidores.
En tercer lugar, la estrategia económica de Obama de recuperación de arriba abajo malgasta la mayor parte de su impacto en subvencionar a capitalistas fallidos en vez de aumentar los ingresos de las rentas de la clase trabajadora, duplicando el salario mínimo y los subsidios de desempleo, que es la única base real para aumentar la demanda y estimular la recuperación económica. Dadas las condiciones de vida decrecientes derivadas de la decadencia del país y la expansión del imperio de base militar, ambas cuestiones enraizadas en el fundamento institucional del Estado, no hay posibilidad de transformación estructural que pueda invertir las políticas de arriba abajo, y absorber las políticas imperiales promovidas por el gobierno de Obama.
La recuperación de la creciente depresión no reside en poner en marcha la máquina de imprimir billones de dólares, que solamente crea condiciones para la hiperinflación y la degradación del dólar. La causa profunda es la sobreacumulación de capital derivada de la sobreexplotación del trabajo, que ha conducido a aumentos de las tasas de beneficio y al hundimiento de la demanda. La vasta disparidad entre la expansión y decadencia del consumo de los trabajadores preparó la escena para la burbuja financiera.
El reequilibrio de la economía significa crear demanda (no de un sector productivo privado completamente postrado o de un sistema financiero insolvente) sino por medio de la propiedad directa del Estado y la inversión a largo plazo y de gran envergadura en la producción de mercancías y servicios sociales. Toda la superestructura especulativa, que creció hasta proporciones enormes cebada por el valor creado por el trabajo, se multiplicó en una miríada de instrumentos de papel divorciados de cualquier valor de uso. Es preciso desmantelar toda la economía de papel para liberar las fuerzas productivas de las trabas y los obstáculos impuestos por los capitalistas improductivos y su entorno.
Es preciso establecer un vasto programa de reciclaje para convertir a los corredores de bolsa en ingenieros y trabajadores productivos. La reconstrucción del mercado interior y la creación y aplicación de innovaciones que aumenten la productividad requieren desmontar masivamente el imperio mundial. Las onerosas e improductivas bases militares, elementos esenciales para la construcción imperial basada en la fuerza militar, deberían ser liquidadas y reemplazadas por redes comerciales en el extranjero, mercados y transacciones económicas vinculadas con los productores que operan lejos de sus mercados interiores.
La inversión de la decadencia nacional requiere el fin del imperio y la construcción de una república socialista democrática. Para desmontar el imperio es fundamental poner fin a las alianzas políticas con los poderes militaristas de otros países, en especial con el estado de Israel, y desarraigar en su totalidad su configuración de poder en nuestro país, que socava los esfuerzos para crear a una sociedad democrática abierta que sirva los intereses de los ciudadanos estadounidenses.

miércoles, 1 de abril de 2009

No confundir crisis del neoliberalismo con crisis del capitalismo

Con el título de "Consensos problemáticos", el sociólogo Boaventura de Sousa Santos explica que el liderazgo capitalista actual quiere hacer creer que la crisis es solo del neoliberalismo, una forma de capitalismo, y no de todo el capitalismo, proponiendo, además, medidas tecno-burocráticas y no políticas que carecerán de la eficacia necesaria.

CONSENSOS PROBLEMATICOS
Por Boaventura de Sousa Santos *
Colombia Plural/Inestco

Para el nuevo consenso dominante rápidamente instalado, es crucial que la crisis sea definida solo como una crisis del neoliberalismo y no como una crisis del capitalismo, o sea, como una crisis de un cierto tipo de capitalismo y no como la crisis de un modelo de desarrollo social que, en sus fundamentos, genera crisis periódicas, empobrece a la mayoría de las poblaciones que dependen de él y destruye el medioambiente.

Desde hace años me intriga la facilidad con que se crean consensos en las sociedades de Europa y Norteamérica. Me refiero a consensos dominantes, adoptados por los principales partidos políticos y por la mayoría de los editorialistas y comentaristas de los grandes medios de comunicación social. Son tanto más intrigantes porque se producen sobre todo en sociedades donde supuestamente la democracia está más consolidada y donde, por eso, la competencia de ideas e ideologías se esperaría que fuera más libre e intensa. Por ejemplo, en los últimos treinta años se consolidó el consenso de que el Estado es el problema y el mercado la solución; que la actividad económica es tanto más eficiente cuanto más desregulada; que los mercados libres y globales son siempre preferibles al proteccionismo; que nacionalizar es anatema, mientras privatizar y liberalizar es la norma.

Más intrigante es la facilidad con que de un momento a otro se cambia el contenido del consenso y se pasa del dominio de una idea al de otra totalmente opuesta. En los últimos meses asistimos a una de esas transformaciones. De repente, el Estado volvió a ser la solución y el mercado el problema; la globalización fue puesta en cuestión; la nacionalización de importantes entidades económicas dejó de ser anatema y pasó a ser la salvación. Aún más intrigante es que sean las mismas personas e instituciones las que defienden hoy lo contrario de lo que defendieron ayer, y aparentemente lo hacen sin tener mínima conciencia de la contradicción. Esto es tan cierto respecto de los principales consejeros económicos del presidente Obama como del presidente de la Comisión de la Unión Europea y los actuales gobernantes de los países de Europa. Y parece ser irrelevante la sospecha de que, siendo así, estamos ante un mero cambio de táctica y no ante un cambio de filosofía política y económica, el cambio que sería necesario para enfrentar la crisis con éxito.

A lo largo de estos años hubo voces disidentes. El consenso que se consolidó en el Norte global estuvo lejos de consolidarse en el Sur global. Pero la disidencia no fue escuchada o fue castigada. Se sabe, por ejemplo, que desde 2001 el Foro Social Mundial (FSM) viene realizando una crítica sistemática al consenso dominante, simbolizado por el Foro Económico Mundial (FEM). La perplejidad con que leemos el último informe del FEM y verificamos alguna convergencia con el diagnóstico realizado por el FSM nos hace pensar que, o el Foro Social tuvo razón demasiado pronto o el Foro Económico la tiene demasiado tarde. Una vez más, la verdad es que el consenso es traicionero. Puede haber alguna convergencia entre el FEM y el FSM con respecto al diagnóstico, pero ciertamente no con respecto a la terapéutica. Para el FEM, y por lo tanto para el nuevo consenso dominante rápidamente instalado, es crucial que la crisis sea definida como una crisis del neoliberalismo y no como una crisis del capitalismo, o sea, como una crisis de un cierto tipo de capitalismo y no como la crisis de un modelo de desarrollo social que, en sus fundamentos, genera crisis periódicas, empobrece a la mayoría de las poblaciones que dependen de él y destruye el medioambiente. Desde esa perspectiva, también es importante que las soluciones sean una iniciativa de las elites políticas y económicas, que tengan un carácter tecno-burocrático y no político, y sobre todo que los ciudadanos sean alejados de cualquier participación efectiva en las decisiones que los afectan y se resignen a “compartir el sacrificio” que cabe a todos, tanto a los poseedores de grandes fortunas como a los desempleados o los jubilados con pensiones mínimas.

La terapéutica propuesta por el FSM, y por tantos millones de personas cuya voz seguirá sin ser escuchada, requiere que la solución de la crisis sea política y civilizatoria, y no confiada a los que, después de haber causado la crisis, están apostando a continuar beneficiándose de la falsa solución que proponen. Ciertamente, el Estado deberá ser parte de la solución, pero sólo después de ser profundamente democratizado y librado de los lobbies y la corrupción que hoy lo controlan. Urge una revolución ciudadana que, sobre la base de una inteligente combinación entre democracia representativa y democracia participativa, pueda crear mecanismos efectivos de control democrático tanto de la política como de la economía. Es necesario un nuevo orden global solidario que cree condiciones para una reducción sustentable de las emisiones de carbono hacia 2016, cuando según los estudios de la ONU el calentamiento global, al ritmo actual, será irreversible y se transformará en una amenaza para la especie humana. La existencia de la Organización Mundial del Comercio es incompatible con ese nuevo orden. Es preciso que la lucha por la igualdad entre los países, y al interior de cada país, sea finalmente una prioridad absoluta. Para eso, el mercado debe volver a ser un servidor, ya que como soberano se ha revelado terrible.
* Doctor en Sociología del Derecho, profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).

lunes, 30 de marzo de 2009

Eric Hobsbawm: "Además de injusto, el mercado absoluto es inviable"


A quienes estén interesados en lo que piensa una de las mentes más lúcidas de
nuestro tiempo sobre la crisis global financiera y económica, lo que es y para dónde va, no dudo en recomendar esta magnífica entrevista concedida por el Profesor Hobsbawm en Londres a Martin Granosky, periodista argentino de Página 12.


Eric Hobsbawm aparece en la puerta de la embajada de Alemania en Londres. Son poco más de las tres de la tarde en la hermosa Belgrave Square y las banderas de las embajadas se adivinan por detrás de las copas de los árboles. Lleva anteojos, la gorra puesta, un abrigo no muy pesado. Saluda. Tiene manos grandes y huesudas, pero no parecen las manos de un viejo. Ninguna deformación de artritis las atacó. Muy pronto una pequeña prueba demuestra que las piernas de Hobsbawm también están en buena forma. Baja con agilidad los tres escalones que llevan del palier a la vereda. Parece ver bien. Tiene un bastón en la mano derecha. No se apoya en él, pero quizá lo use como un seguro, por si trastabilla, o como un sensor de alerta temprana que detecta escalones, charcos y, de inmediato, el cordón de la vereda. Hobsbawm es alto y flaco. Uno ochenta y pico. No pide ayuda. El chofer del Foreign Office le abre la puerta izquierda del Jaguar negro. Entra en el auto con facilidad. El coche es grande, por suerte, y cabe, pero el viaje igual es corto.–Vino un historiador alemán, por eso estoy en la embajada, y debo volver –avisa–. Llegó de visita a Londres y quiso conversar con algunos de nosotros. Sé que vamos a Canning House. Está bien. Poco trayecto, ¿no?El auto da media vuelta a Belgrave Square y se detiene frente a otro palacete blanco de tres escalones, porche rodeado de columnas y puerta de madera pesada. Por algún motivo mágico el conductor de pelo blanco con mechón sobre la cara, traje azul y sonrisa como la del ayudante del inspector Morse de Oxford, ya le abre a Hobsbawm. Entre esas construcciones tan parecidas, la elegancia del Jaguar lo asemeja a un carruaje recién lustrado. El cochero sonríe cuando Hobsbawm desciende. El profesor le devuelve la simpatía mientras trepa con facilidad hasta un hall oscuro. Ya entró en Canning House y a la derecha ve una enorme imagen de José de San Martín. A la izquierda del pasillo, una gran sala. El té ya está servido. Es decir, el té, las masas y una torta. Otro cuadro del mismo tamaño que el de San Martín. Es Simón Bolívar. Y también es Bolívar el caballero del busto sobre el aparador.¿Cuánto té habrán tomado Bolívar y San Martín antes de salir de Londres a Sudamérica, a principios del siglo XIX, para cumplir su plan de independencia?Hobsbawm apura la primera taza y quiere ser él quien arroje la primera pregunta.–¿Cómo está la Argentina? –interroga pero no tanto, porque no espera y comenta–. El año pasado Cristina estuvo por venir a Londres para una reunión de presidentes progresistas y pidió verme. Yo dije que sí, pero ella no vino. No fue su culpa. Estaba en medio de la confrontación con la Sociedad Rural.Hobsbawm habla un inglés sin la afectación ni el tartamudeo de algunos académicos del Reino Unido. Pero acaba de pronunciar “Sociedad Rural” en castellano.–¿Qué pasó con ese conflicto? –pregunta.Tras la explicación correspondiente, el profesor inclina la cabeza, más curioso que antes, mientras con la mano derecha su tenedor intenta cortar la tarta de manzana. Es una tarea difícil. Entonces se desconcentra de la tarta y fija la mirada esperando, ahora sí, alguna pregunta.–El mundo está complejo –afirma sin embargo manteniendo la iniciativa–. No quiero caer en slogans, pero es indudable que el Consenso de Washington murió. La desregulación salvaje ya no sólo es mala: es imposible. Hay que reorganizar el sistema financiero internacional. Mi esperanza es que los líderes del mundo se den cuenta de que no se puede renegociar la situación para volver atrás sino que hay que rediseñar todo hacia el futuro.–La Argentina experimentó varias crisis, la última fuerte en 2001. En 2005 el presidente Néstor Kirchner, de acuerdo con el gobierno brasileño, que también lo hizo, pagó al FMI y desenganchó a la Argentina del organismo para que el país no siguiera sometido a sus condicionalidades.–Es que a esta altura se necesita otro FMI absolutamente distinto, con otros principios, que no dependa sólo de los países más desarrollados y en el que una o dos personas toman las decisiones. Es muy importante lo que están proponiendo Brasil y la Argentina para cambiar el sistema actual. ¿Cómo están las relaciones entre ustedes?–Muy bien.–Eso es muy importante. Manténganlas. Las buenas relaciones entre gobiernos como los de ustedes son muy importantes en medio de una crisis que también implica riesgos políticos. Para los standards norteamericanos, los Estados Unidos están girando a la izquierda y no a la extrema derecha. Eso también es bueno. La Gran Depresión llevó políticamente al mundo a la extrema derecha en casi todo el planeta, con excepción de los países escandinavos y los Estados Unidos de Roosevelt. Incluso en el Reino Unido llegó a haber miembros del Parlamento que eran de extrema derecha.–¿Y qué alternativa aparece?–No lo sé. ¿Sabe cuál es el drama? El giro a la derecha tuvo dónde recostarse: en los conservadores. El giro a la izquierda también tuvo en qué descansar: en los laboristas.–Los laboristas gobiernan el Reino Unido.–Sí, pero me gustaría hacerle un planteo más general. Ya no existe la izquierda tal como era.–¿La extraña?–Lo señalo.–¿A qué se refiere cuando dice “la izquierda tal como era”?–A las distintas variantes de la izquierda clásica. A los comunistas, naturalmente. Y a los socialdemócratas. ¿Pero sabe qué pasa? Todas las variantes de la izquierda precisan del Estado. Y durante décadas de giro a la derecha conservadora, el control del Estado se hizo imposible.–¿Por qué?–Muy sencillo. ¿Cómo controla usted el Estado en condiciones de globalización? Conviene recordar que a principios de los ’80 no sólo triunfaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En Francia, François Mitterrand no logró una victoria.–Había ganado la presidencia en 1974 y repitió en 1981.–Es así. Pero cuando intentó una unidad de izquierdas para nacionalizar un sector mayor de la economía, no tuvo el poder suficiente para hacerlo. Fracasó por completo. La izquierda y los partidos socialdemócratas se retiraron de la escena, derrotados, convencidos de que nada podía hacerse. Y entonces, no sólo en Francia sino en todo el mundo, quedó claro que el único modelo que podía imponerse con poder real era el capitalismo absolutamente libre.–Libre sí. ¿Por qué dice “absolutamente”?–Porque con libertad absoluta para el mercado, ¿quién atiende a los pobres? Esa política, o la política de la no política, es la que se desarrolló con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y funcionó –dentro de su lógica, claro, que no comparto– hasta la crisis que comenzó en el 2008. Frente a la situación anterior la izquierda no tenía alternativa. ¿Y frente a ésta? Fijémonos, si quiere, en la izquierda más clásica de Europa. Es muy débil en Europa. O está fragmentada. O desapareció. Refundación Comunista en Italia es débil y las otras ramas del ex Partido Comunista Italiano están muy mal. Izquierda Unida en España también está cayendo de la ladera de la colina. Algo quedó en Alemania. Algo en Francia, con el Partido Comunista. Ni esas fuerzas, y menos aún la izquierda más extrema, como los trotskistas, y ni siquiera una socialdemocracia como la que describí antes, alcanzan todavía como respuesta a esta crisis y a sus peligros. La misma debilidad de la izquierda aumenta los riesgos.–¿Qué peligro ve?–En períodos de gran descontento como el que empezamos a vivir, el gran peligro es la xenofobia, que alimentará y a su vez será alimentada por la extrema derecha. ¿A quién buscará esa extrema derecha? Buscará atraer a los “estúpidos” ciudadanos que cuidan su trabajo y temen perderlo. Y digo estúpidos irónicamente, quiero aclararle. Porque ahí reside otro fracaso evidente del fundamentalismo de mercado. Dejó libertad para todo. ¿Y la verdadera libertad de trabajo? ¿La de cambiarlo y mejorar en todos los aspectos? Esa libertad no la respetó porque, para el fundamentalismo de mercado, habría resultado políticamente intolerable. También habrían sido políticamente intolerable la libertad absoluta y la desregulación absoluta en materia laboral, al menos en Europa. Yo temo una era de depresión.–¿Usted no tiene dudas, ya, de que entraremos en depresión?–Si lo desea podemos hablar técnicamente, como los economistas, y cuantificar trimestres. Pero no hace falta. ¿Qué otra palabra puede usar uno para denominar un tiempo en el que muy velozmente millones de personas pierden su empleo? De cualquier manera, hasta el momento no veo un escenario de una extrema derecha ganando por mayoría en elecciones, como ocurrió en 1933 cuando Alemania eligió a Adolf Hitler. Es paradójico, pero con un mundo muy globalizado un factor impedirá la inmigración, que a su vez suele ser la excusa para la xenofobia y el giro hacia la extrema derecha. Y ese factor es que la gente emigrará menos –hablo en términos masivos– al ver que en los países desarrollados la crisis es tan vasta. Volviendo a la xenofobia, el problema es que aunque la extrema derecha no gane podría ser muy importante en la fijación de la agenda pública de temas y terminaría por imprimirle una cara muy fea a la política.–Dejemos a un lado la economía por el momento. Pensando en política, ¿qué cosa disminuiría el riesgo de xenofobia?–Me parece bien, vamos a la práctica. El peligro disminuiría con gobiernos que gocen de la suficiente confianza política por parte del pueblo por su capacidad de restaurar el bienestar económico. La gente debe ver a los políticos como gente capaz de garantizar la democracia, los derechos individuales y al mismo tiempo coordinar planes eficaces para salir de la crisis. Ahora que hablamos de este tema, ¿sabe que veo a los países de América latina sorprendentemente inmunes a la xenofobia?–¿Por qué?–Yo le pregunto si es así. ¿Es así?–Es posible. No diría que son inmunes si uno piensa, por ejemplo, en el tratamiento racista de un sector de Bolivia hacia Evo Morales, pero al menos en los últimos 25 años de democracia, por tomar la antigüedad de la democracia argentina, la xenofobia y el racismo nunca fueron masivos ni nutrieron partidos de extrema derecha, que son muy pequeños. No pasó ni siquiera con la crisis del 2001, que culminó el proceso de destrucción de millones de empleos, a pesar de que la inmigración boliviana ya era muy importante en número. Ahora, no hablamos de los cantos de las hinchadas de fútbol, ¿no?–No, yo lo pienso en términos masivos.–Entonces las cosas parecen ser como usted las piensa, profesor. Y, como en otros lugares del mundo, el pensamiento de la extrema derecha aparece por ejemplo con la crispación sobre la seguridad y la inseguridad en las calles.–Sí, América latina es interesante. Yo lo intuyo. Fíjese el país más grande, Brasil. Lula mantuvo algunas líneas de estabilidad económica de Fernando Henrique Cardoso, pero extendió enormemente los servicios sociales y la distribución. Algunos dicen que no es suficiente...–¿Y usted qué dice?–Que no es suficiente. Pero que lo que Lula hizo, lo hizo. Y es muy significativo. Lula es el verdadero introductor de la democracia en Brasil. Y nadie lo había hecho nunca en la historia de ese país. Por eso hoy tiene el 70 por ciento de popularidad, a pesar de los problemas previos a las últimas elecciones. Porque en Brasil hay muchos pobres y nadie jamás hizo tantas cosas concretas por ellos, desarrollando a la vez la industria y la exportación de productos elaborados. Aunque la desigualdad sigue siendo horrorosa. Pero hacen falta muchos años para cambiar más las cosas. Muchos.–Y usted piensa que serán años de depresión mundial.–Sí. Lamento decirlo, pero apostaría a que habrá depresión y que durará algunos años. Estamos entrando en depresión. ¿Sabe cómo se da cuenta uno? Hablando con gente de negocios. Bueno, ellos están más deprimidos que los economistas y que los políticos. Y a la vez, esta depresión es un gran cambio para la economía, capitalista global.–¿Por qué está tan seguro?–Porque no hay vuelta atrás hacia el mercado absoluto que rigió en los últimos 40 años, desde la década de 1970. Ya no es una cuestión de ciclos. El sistema debe ser reestructurado.–¿Le puedo preguntar otra vez por qué está tan seguro?–Porque ese modelo no sólo es injusto: ahora es inviable. Las nociones básicas según las cuales las políticas públicas debían ser abandonadas, ahora están siendo dejadas de lado. Fíjese lo que hacen, y a veces lo que dicen, dirigentes importantes de países de-sarrollados. Están intentando reestructurar las economías para salir de la crisis. No estoy elogiando. Estoy describiendo un fenómeno. Y ese fenómeno tiene un elemento central: ya nadie siquiera se anima a pensar que el Estado puede no ser necesario para el desarrollo económico. Ya nadie dice que bastará con dejar que fluya el mercado, con su libertad total. ¿No ve que el sistema financiero internacional ya ni funciona? En un sentido, esta crisis es peor que la de 1929-1933, porque es absolutamente global. Los bancos ni funcionan.–¿Dónde vivía usted en ese momento, a comienzos de los años ’30?–Nada menos que en Viena y Berlín. Era un chico. Qué horroroso ese momento. Hablemos de cosas mejores, como Franklin Delano Roosevelt.–Usted lo rescató en una entrevista con la BBC al principio de la crisis.–Sí, y rescato los motivos políticos de Roosevelt. En política aplicó el principio de “Nunca más”. Con tantos pobres, con tantos hambrientos en los Estados Unidos, nunca más el mercado como factor exclusivo de asignación de recursos. Por eso decidió realizar su política de pleno empleo. Y de ese modo no solamente atenuó los efectos sociales de la crisis sino sus eventuales efectos políticos de fascistización sobre la base del miedo masivo. El sistema de pleno empleo no modificó de raíz la sociedad, pero funcionó durante décadas. Funcionó razonablemente bien en los Estados Unidos, funcionó en Francia, produjo la inclusión social de mucha gente, se basó en el bienestar combinado con una economía mixta que tuvo resultados muy razonables en el mundo de la segunda posguerra. Algunos Estados fueron más sistemáticos, como Francia, que implantó el capitalismo dirigido, pero en general las economías eran mixtas y el Estado estaba presente de un modo u otro. ¿Podremos hacerlo de nuevo? No lo sé. Lo que sé es que la solución no estará solo en la tecnología y el desarrollo económico. Roosevelt tuvo en cuenta el costado humano de la situación de crisis.–Es decir que para usted las sociedades no se suicidan.(Piensa) –No deliberadamente. Sí pueden ir cometiendo errores que las llevan a terribles catástrofes. O al desastre. ¿Con qué razonabilidad, durante estos años, se podía creer que el crecimiento con tal nivel de burbuja sería ilimitado? Tarde o temprano se terminaría y algo debía ser hecho.–De manera que no habrá catástrofe.–No me interesan las predicciones. Mire, si viene, viene. Pero si hay algo que se pueda hacer, hagámoslo. Uno no puede perdonarse no haber hecho nada. Por lo menos un intento. El desastre sobrevendrá si nos quedamos quietos. La sociedad no puede basarse en una concepción automática de los procesos políticos. Mi generación no se quedó quieta en los años ’30 y ’40. En Inglaterra yo crecí, participé activamente de la política, fui académico estudiando en Cambridge. Y todos estábamos muy politizados. Nos tocó muy de cerca la Guerra Civil española. Por eso fuimos firmemente antifascistas.–Le tocó a la izquierda de todo el mundo. También en América latina.–Claro, fue un tema muy fuerte para todos. Y nosotros, en Cambridge, veíamos que los gobiernos no hacían nada por defender a la República. Por eso reaccionamos contra las viejas generaciones y los gobiernos que las representaban. Años después entendí la lógica de por qué el gobierno del Reino Unido, donde nosotros estábamos, no hizo nada contra Francisco Franco. Ya tenía la lucidez de saberse un imperio en decadencia y tenía conciencia de su debilidad. España funcionó como una distracción. Y los gobiernos no debieron haberla tomado así. Se equivocaron. El alzamiento contra la República fue uno de los hechos más importantes del siglo XX. Recién después, en la Segunda Guerra...–Poco después, ¿no? Porque el fin de la Guerra Civil española y la invasión alemana de Checoslovaquia ocurren en el mismo año.–Es verdad. Le decía que recién después el liberalismo y el comunismo hicieron causa común. Se dieron cuenta de que, si no, eran débiles frente al nazismo. Y en el caso de América latina el modelo de Franco influyó más que el de Benito Mussolini, con sus ideas conspirativas de la sinarquía, por ejemplo. No lo tome como una disculpa a Mussolini, por favor. El fascismo europeo en general es una ideología inaceptable, opuesta a valores universales.–Usted habla de América latina...–Pero no me pregunte de la Argentina. No sé lo suficiente de su país. Todos me preguntan por el peronismo. Para mí está claro que no puede ser mirado como un movimiento de extrema derecha. Fue un movimiento popular que organizó a los trabajadores y eso quizás explique su permanencia en el tiempo. Ni los socialistas ni los comunistas pudieron establecer una base fuerte en el movimiento sindical. Sé de las crisis que sufrió la Argentina y sé algo de su historia, del peso de la clase media, de su sociedad avanzada culturalmente dentro de América latina, fenómeno que creo que todavía se mantiene. Sé de la edad de oro de los años ’20 y sé de los ejemplos obscenos de desigualdad comunes a toda América latina.–Usted siempre se definió como un hombre de izquierda. ¿También sigue teniendo confianza en ella?–Sigo en la izquierda, sin duda con más interés en Marx que en Lenin. Porque seamos sinceros, el socialismo soviético falló. Fue una forma extrema de aplicar la lógica del socialismo, así como el fundamentalismo de mercado fue una forma extrema de aplicación de la lógica del liberalismo económico. Y también falló. La crisis global que comenzó el año pasado es, para la economía de mercado, equivalente a lo que fue la caída del Muro de Berlín en 1989. Por eso me sigue interesando Marx. Como el capitalismo sigue existiendo, el análisis marxista aún es una buena herramienta para analizarlo. Al mismo tiempo, está claro que no solo no es posible sino que no es deseable una economía socialista sin mercado ni una economía en general sin Estado.–¿Por qué dice lo último?–Si uno mira la historia y mira el presente, no tiene ninguna duda de que los problemas principales, sobre todo en medio de una crisis profunda, deben y pueden ser solucionados por la acción pública. El mercado no está en condiciones de hacerlo.