Por Cristóbal González
Parece una tontería preguntarlo. Vivimos convencidos de que decidimos por nosotros mismos, cuando en realidad son otros los que deciden y, lo que es peor, nos hacen creer que son nuestras las decisiones propias de nuestra vida cotidiana.
En el sistema capitalista hay agentes que deciden la prenda que debemos usar en cada ocasión, el modo de entretenernos, cuando y con qué hacerlo, en qué creer y en qué no y hasta lo que debemos comer. Y no pensando en nuestro bienestar, aunque nos lo hagan creer así, sino, fundamentalmente, en su provecho económico. Hay elementos de bienestar en sus recomendaciones, pero en esencia es la ganancia la que los mueve.
Felicity Lawrence, aguerrida periodista e investigadora británica, acaba de publicar un libro revelador titulado “Quien decide lo que comemos”, recomendable para todo aquel que quiera ampliar su conciencia sobre el mundo en que nos tocó vivir, las fuerzas que lo controlan y su incidencia en nuestras vidas.
Detrás de esta historia hay una abigarrada maraña de ingredientes económicos, fundamentalistas religiosos, moralistas, políticos, mercadotecnia y publicidad, que equilibradamente mezclados, como en cualquier receta culinaria buena, favorece los intereses de la gran industria de alimentos, una de las más prósperas del mundo actual.
CEREALES CONTRA LOS "PECADOS DEL SEXO"
La industrialización de los alimentos, es decir el negocio, su mercadeo y publicidad, comenzó con cereales empacados y listos para comer. Fue en la década de 1830 cuando el reverendo Sylvester Graham predicó a sus fieles las ventajas de una dieta vegetariana y de la harina integral, en vez de carne que “excita las pasiones carnales”. Promocionaba desde el púlpito entonces su “harina Graham”. Uno de sus seguidores, John Caleb Jackson inventó la granula a partir de la aquella harina. Fue el primer cereal listo para el desayuno.
La granola de Jackson se vendía a un precio 10 veces superior al de sus ingredientes, constituyendo así un negocio bien rentable.
Más tarde la misión iniciada por Graham fue asumida por los Adventistas del Séptimo Día en una colonia suya en Battle Creeck, Michigan. Allí fundaron el Western Health Reform Institut (Instituto para la Reforma de la Salud) buscando combatir la dispepsia y “demás vicios de los norteamericanos”.
Un ángel se le apareció a uno de sus directivos y le reveló que mejorar la dieta era la mejor manera de ser piadoso y de obtener el éxito en los negocios. Lo comunicó así a su comunidad y ésta decidió escoger un joven talentoso para que se preparara y más tarde asumiera la dirección del Instituto. El escogido fue John Harvey Kellog, que estudió medicina y nutrición y regresó para dirigir lo que en principio era una mezcla de balneario, centro vacacional y hospital experimental. Ya en funciones ideó nuevas curas para la obesidad y la masturbación que, según él, eran los principales males que aquejaban a la juventud. Por la falta de fibra en la dieta, la primera, y por la falta de fibra moral, la segunda. La cura para “los pecados sexuales” era esencialmente a base de cereales. Permitía algo de carne junto a frutas, cereales, verduras y leche. Y recomendaba evitar helados, dulces y pasteles. Acertado estaba en buena parte, pues hoy se piensa que es una alimentación sana y un buen aporte a la solución del calentamiento global. Además, recomendaba comer poco.
GALLETAS Y CORNFLAKES
Un empresario llamado Henry Perky inventó las galletas. Pasaba trigo cocido por rodillos para convertirlo en tiras prensadas, grabadas por una cara. Kellog conoció el procedimiento y lo empleó para prensar también trigo cocido y convertirlo en copos que después eran tostados en horno a temperaturas muy altas. Asi inventó los corn flakes. Hasta aquí todo era para proporcionar cereales fáciles en el combate contra los pecados de la carne.
Pero otro empresario, Charles Post, con problemas crónicos de digestión y paciente de Kellog en el sanatorio, se olió el negocio de los desayunos con corn flakes. Montó su propia empresa y encontró en la publicidad la mejor herramienta para competirle a Kelllog. Inició una campaña testimonial sobre las bondades del producto a través de anuncios de prensa. Y se inventó que el cereal así presentado curaba males del cerebro, malaria y tisis, y reforzaba la dentadura. Lo cierto era que por duros, los corn flakeS iniciales más bien tumbaban los dientes.
En Kellog se daba un curioso enfrentamiento entre hermanos. John Harvey seguía empeñado en combatir los pecados del sexo recetando cereales y dietas vegetarianas. Pero su hermano menor, William, que había trabajado varias años con él, notó a tiempo que de lo que se trataba era de un jugoso negocio, observando lo que sus competidores ya hacían. Resolvió meterle colores y azúcar a los copos de cereal, quitándoles el sabor a forraje para caballos. John se resistía diciendo que el azúcar era signo de corrupción del propósito inicial.
De todos modos, la idea mercantil de William se impuso y el negocio creció con la publicidad y las técnicas de mercadeo. En 1924 abrieron ventas en Londres y más tarde empezarían producción en Manchester. Los vendedores eran desempleados y boysocuts, que le agregaban encanto a las campañas y cierta preferencia entre los posibles consumidores, que adivinaban un supuesto sentido social.
Durante la II Gran Guerra hubo un receso, pero después, en desarrollo del Plan Marshall para atender a damnificados por el conflicto en Europa, la producción aumentó por la demanda para alimentar población desnutrida.
EL PROBLEMA DE LA FIBRA
Por el proceso a que son sometidos los cereales para venderlos y consumirlos de manera fácil, pierden gran contenido de fibra, esencial para una buena nutrición. Y pierden también aceites esenciales nutritivos, en una etapa que busca hacer más duraderos los cereales.
La estructura celular de la fécula se degrada para dejarla muy fina. Se aumenta entonces el IG (Índice Glucémico), con efectos sobre la salud peores que los del azúcar y perjudicando notablemente la dentadura.
Conciente de tales perjuicios, el equipo de Kellog encuentra una solución enriqueciendo sus productos, primero con Vitamina D (Llamada “vitamina solar” y magnífico slogan publicitario), y luego con otra vitaminas y minerales. Ahora se enriquecen con Inulina, una clase de fibra presentada con el novísimo nombre de prebiótico. Su efecto es que no se digiere en el conducto gastrointestinal superior sino en el intestino grueso, donde se fermenta por bacterias y se produce una flora beneficiosa.
Lo mismo que hacía la fibra integral si no se hubiera eliminado por procesos industriales para mejorar la `producción en masa y el negocio.
Ahora los alimentos vienen enriquecidos con ácidos omega, buen argumento de ventas pero innecesarios cuando la alimentación es lo más natural posible.
(Fuente: Quien decide lo que comemos. Autor: Felicity Lawrence)
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domingo, 20 de diciembre de 2009
sábado, 14 de noviembre de 2009
EL HAMBRE Y EL DERECHO A LA NUTRICIÓN
(Por Cristóbal González)
Cifras oficiales admiten que en Colombia hay 20 millones de personas pobres y, de estos, 8 millones indigentes. Eso quiere decir que pasan hambre, parcial o crónica. No comen lo que debieran cada día y no se nutren tal como lo demanda su organismo.
En el mundo, una de cada seis personas sufre hambre y la crisis financiera disparó el problema, a medida que más gente quedó sin empleo. Pero los gobiernos poco o nada hacen para remediar la situación, que afecta sobre todo a los más pobres.
Ahora se reúne en Roma la Cumbre Mundial de la Alimentación. Allí se manejan cifras dramáticas y al final del miércoles habrá una declaración de buenas intenciones y alguna promesa específica, que nadie, o muy pocos, cumplirán, mientras el liderazgo de este mundo siga pensando que el capitalismo y su versión neoliberal globalizada tienen la solución.
Como incumplieron su promesa reciente los países del G8, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y Japón, que contemplaba invertir 20 mil millones de dólares para estimular la agricultura sustentable en países pobres.
Aunque el mundo produce alimentos suficientes para todos, unos 1.000 millones de personas sufren hambre crónica este año, según estudiosos del problema. Es que la gente rica de los países ricos consume más que los pobres de los países pobres, a los que no les dejan más que las migajas o las sobras en las canecas de basura.
Mientras el drama de acentúa, miles de millones de dólares invierten los países ricos para salvar a los bancos y al sistema financiero. Como en Colombia Agro Ingreso Seguro dona graciosamente miles de millones de pesos a los más ricos, dizque porque éstos saben administrar y crean empleo, mientras los pobres despilfarran los recursos.
Loas gobiernos de los países pobres, dependientes de las políticas y necesidades de los ricos, establecen planes de agricultura intensiva, no para solucionar el problema de alimentación adecuada de sus gentes sino para exportar lo mejor hacia aquellos países. La experiencia ha demostrado que la agricultura intensiva no ha sido eficaz para contrarrestar el hambre y en cambio si afecta seriamente el medio ambiente.
Las situaciones de hambre manifiestan carencias que son, a su vez, negación de derechos humanos. Negación del derecho al trabajo, a la vida, a la salud, a la nutrición, entre otros. Gobierno que mantenga a la mayoría de su población aguantando hambre no puede ufanarse de garantizar los derechos humanos.
Pero el vicepresidente Pacho Santos acaba de sacar pecho en Bruselas, en el escenario de la Unión Europea, pregonando avances que garantizan los derechos humanos de los colombianos, gracias a las políticas de Uribe.
Da risa o rabia saber de tales afirmaciones. Porque, aparte de la persecución evidente de la que son victimas los defensores de tales derechos en Colombia, reconocida inclusive por organismos internacionales, datos no oficiales indican que el 70% de los colombianos viven en la pobreza, 12 millones en la miseria, y a cinco millones de desplazados les quitaron violentamente cerca de seis millones de hectáreas de buenas tierras, aptas para agricultura, para dedicarlas a cultivos industriales como palma africana.
El que quiera leer que lea, el que quiera entender que e
Cifras oficiales admiten que en Colombia hay 20 millones de personas pobres y, de estos, 8 millones indigentes. Eso quiere decir que pasan hambre, parcial o crónica. No comen lo que debieran cada día y no se nutren tal como lo demanda su organismo.
En el mundo, una de cada seis personas sufre hambre y la crisis financiera disparó el problema, a medida que más gente quedó sin empleo. Pero los gobiernos poco o nada hacen para remediar la situación, que afecta sobre todo a los más pobres.
Ahora se reúne en Roma la Cumbre Mundial de la Alimentación. Allí se manejan cifras dramáticas y al final del miércoles habrá una declaración de buenas intenciones y alguna promesa específica, que nadie, o muy pocos, cumplirán, mientras el liderazgo de este mundo siga pensando que el capitalismo y su versión neoliberal globalizada tienen la solución.
Como incumplieron su promesa reciente los países del G8, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y Japón, que contemplaba invertir 20 mil millones de dólares para estimular la agricultura sustentable en países pobres.
Aunque el mundo produce alimentos suficientes para todos, unos 1.000 millones de personas sufren hambre crónica este año, según estudiosos del problema. Es que la gente rica de los países ricos consume más que los pobres de los países pobres, a los que no les dejan más que las migajas o las sobras en las canecas de basura.
Mientras el drama de acentúa, miles de millones de dólares invierten los países ricos para salvar a los bancos y al sistema financiero. Como en Colombia Agro Ingreso Seguro dona graciosamente miles de millones de pesos a los más ricos, dizque porque éstos saben administrar y crean empleo, mientras los pobres despilfarran los recursos.
Loas gobiernos de los países pobres, dependientes de las políticas y necesidades de los ricos, establecen planes de agricultura intensiva, no para solucionar el problema de alimentación adecuada de sus gentes sino para exportar lo mejor hacia aquellos países. La experiencia ha demostrado que la agricultura intensiva no ha sido eficaz para contrarrestar el hambre y en cambio si afecta seriamente el medio ambiente.
Las situaciones de hambre manifiestan carencias que son, a su vez, negación de derechos humanos. Negación del derecho al trabajo, a la vida, a la salud, a la nutrición, entre otros. Gobierno que mantenga a la mayoría de su población aguantando hambre no puede ufanarse de garantizar los derechos humanos.
Pero el vicepresidente Pacho Santos acaba de sacar pecho en Bruselas, en el escenario de la Unión Europea, pregonando avances que garantizan los derechos humanos de los colombianos, gracias a las políticas de Uribe.
Da risa o rabia saber de tales afirmaciones. Porque, aparte de la persecución evidente de la que son victimas los defensores de tales derechos en Colombia, reconocida inclusive por organismos internacionales, datos no oficiales indican que el 70% de los colombianos viven en la pobreza, 12 millones en la miseria, y a cinco millones de desplazados les quitaron violentamente cerca de seis millones de hectáreas de buenas tierras, aptas para agricultura, para dedicarlas a cultivos industriales como palma africana.
El que quiera leer que lea, el que quiera entender que e
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