Por Cristóbal González
Celebramos el Día de la Tierra y se nos viene a la memoria el problema grave del calentamiento global. Generalmente escuchamos consejitos, tips les llaman elegantemente, para ahorrar energía y por esa vía evitar el calentamiento. Son importantes desde luego, pero el problema es tambien político.
Casi muy pocos le dan la importancia necesaria al sistema agroindustrial como agravante de este problema, cuyos efectos ya sentimos en todo el mundo. Los expertos y estudiosos en cambio sostienen que el 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero provienen de la producción de la agroindustria, que, entre otras cosas, ha cambiado nuestros hábitos alimenticios y nos dice qué comer.
Destacan sobre todo: a) El transporte de alimentos, que en la medida en que cubra mayores distancias será más consumidor de energía y por tanto más contaminante. Hoy encontramos por ejemplo que en Colombia comemos arroz importado desde Tailandia y jurel enlatado en China.b) La deforestación para la agroganadería es otro agravante del problema; las noticias nos informan sobre la pérdida de selva amazónica para abrir potreros y criar reses. c) El manejo de suelos agrarios con tecnologías consumidoras de mucha energía, en vez de la hechura manual de hoyos para sembrar. d) La utilización de fertilizantes sintéticos, grandes consumidores de energía para su producción y transporte.f) La fabricación de piensos industriales, que consumen energía por lo mismo que los anteriores. g) La destrucción de los mercados locales, que atienden las necesidades de la población a bajo costo porque no necesitan transportar a grandes distancias.
Todo lo anterior constituye el núcleo de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Hay que destacar en la industria procesadora y distribuidora de alimentos los componentes de empaque, transporte, refrigeración y comercialización, como grandes aportantes en el marco de todo el sistema.
Se puede concluir entonces que el actual sistema de producción y consumo industrial es un enorme consumidor de energía contaminante y por esa vía un aportante principal al agravamiento del calentamiento global, a la destrucción del medio ambiente y a la destrucción de las comunidades rurales, debiéndose éstas desplazar muchas veces a los medios urbanos, agudizando allí los problemas propios.
La información obtenida de serias investigaciones indica tambien el fracaso evidente de un modelo de desarrollo basado en el consumo de energía fósil (petróleo y gas), sobreproducción y libre comercio, que se incrementa e impone mediante tratados internacionales.
Mientras en los países desarrollados este es un problema de primer orden, entre nosotros ninguno de los flamantes aspirantes a heredar a Uribe dice nada consistente en este sentido. Con cualquier cosa salen cuando algún periodista les pregunta de paso algo sobre lo mismo.
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jueves, 22 de abril de 2010
sábado, 19 de diciembre de 2009
EL SEMIFRACASO DE LA CUMBRE CILMÁTICA
(Escribe Cristóbal González)
El semifracaso de la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático se veía venir. Nada que respondiera a la necesidad de adoptar medidas eficaces para reducir el calentamiento global podía salir de una reunión en la que los líderes de las potencias defienden a capa y espada un modelo en que la ganancia está por encima de cualquiera otra consideración: económica, política, social, ética o ambiental.
Se trata de un modelo que si no proporcionara cada vez más ganancia se consideraría en receso o en retroceso. Avanza si gana. Debe hacer en consecuencia que se incremente el consumo de productos hasta extremos irracionales. Que se aumente la demanda entonces. Que responda más a necesidades ficticias creadas por la publicidad que a necesidades reales y que atienda más a deseos y caprichos de consumidores potenciales. Por eso no puede aceptar de buena gana algún tipo de control, puesto que aceptándolo iría a su fin.
En resumen, es un modelo de libre producción, de libre mercado, de creciente y constante demanda para que haya ganancia en aumento, de consumo irracional y alta emisión de gases que calientan la Tierra.
Muchos lideres del mundo, inclusive de distintas vertientes ideológicas, son concientes que la verdadera solución a la crisis climática pasa por el cambio de aquel modelo por otro que no tenga el lucro como principal motivador, de consumo racional y baja emisión de gases contaminantes, necesariamente planificado y controlado, llámesele como se le quira llamar. De ese cambio depende el futuro de la Tierra, de la Humanidad.
Pero tambén muchos aceptan que el cambio de un modelo de producción por otro no es algo que se logre de la noche a la mañana. Inclusive un nuevo modelo no desplaza al anterior en siglos. Sin embargo, algo hay que hacer en este sentido.
Y aunque no todos somos responsables, como se nos quiere hacer creer, si podemos aportar algo a la solución como ciudadanos. Por ejemplo, qué tal si apoyamos electoralmente sólo a partidos y candidatos que tengan clara la necesidad de cambiar de modelo de producción y que incluyan en los programas con los que se comprometan esas acciones que tiendan a lograr dicho fin. Y que vigilemos su cumplimiento.
El semifracaso de la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático se veía venir. Nada que respondiera a la necesidad de adoptar medidas eficaces para reducir el calentamiento global podía salir de una reunión en la que los líderes de las potencias defienden a capa y espada un modelo en que la ganancia está por encima de cualquiera otra consideración: económica, política, social, ética o ambiental.
Se trata de un modelo que si no proporcionara cada vez más ganancia se consideraría en receso o en retroceso. Avanza si gana. Debe hacer en consecuencia que se incremente el consumo de productos hasta extremos irracionales. Que se aumente la demanda entonces. Que responda más a necesidades ficticias creadas por la publicidad que a necesidades reales y que atienda más a deseos y caprichos de consumidores potenciales. Por eso no puede aceptar de buena gana algún tipo de control, puesto que aceptándolo iría a su fin.
En resumen, es un modelo de libre producción, de libre mercado, de creciente y constante demanda para que haya ganancia en aumento, de consumo irracional y alta emisión de gases que calientan la Tierra.
Muchos lideres del mundo, inclusive de distintas vertientes ideológicas, son concientes que la verdadera solución a la crisis climática pasa por el cambio de aquel modelo por otro que no tenga el lucro como principal motivador, de consumo racional y baja emisión de gases contaminantes, necesariamente planificado y controlado, llámesele como se le quira llamar. De ese cambio depende el futuro de la Tierra, de la Humanidad.
Pero tambén muchos aceptan que el cambio de un modelo de producción por otro no es algo que se logre de la noche a la mañana. Inclusive un nuevo modelo no desplaza al anterior en siglos. Sin embargo, algo hay que hacer en este sentido.
Y aunque no todos somos responsables, como se nos quiere hacer creer, si podemos aportar algo a la solución como ciudadanos. Por ejemplo, qué tal si apoyamos electoralmente sólo a partidos y candidatos que tengan clara la necesidad de cambiar de modelo de producción y que incluyan en los programas con los que se comprometan esas acciones que tiendan a lograr dicho fin. Y que vigilemos su cumplimiento.
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CALENTAMIENTO GLOBAL,
Copenhague,
cumbre climática
miércoles, 9 de diciembre de 2009
CUATRO FRASES PARA QUE CREZCA LA NARIZ DE PINOCHO
Por Eduardo Galeano
1.SOMOS TODOS CULPABLES DE LA RUINA DEL PLANETA
La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos responsables', claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al 'sacrificio de todos' en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en unacatástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen pormodelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, "harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades". Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.
2. ES VERDE LO QUE SE PINTA DE VERDE
Ahora, los gigantes de la industria química hacen su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. "En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: "los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.
3. ENTRE EL CAPITAL Y EL TRABAJO, EL ECOLOGISMO ES NEUTRAL
Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba- Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana.
La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior.Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.
4. LA NATURALEZA ESTÁ FUERA DE NOSOTROS
En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoniaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.
1.SOMOS TODOS CULPABLES DE LA RUINA DEL PLANETA
La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos responsables', claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al 'sacrificio de todos' en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en unacatástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen pormodelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, "harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades". Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.
2. ES VERDE LO QUE SE PINTA DE VERDE
Ahora, los gigantes de la industria química hacen su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. "En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: "los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.
3. ENTRE EL CAPITAL Y EL TRABAJO, EL ECOLOGISMO ES NEUTRAL
Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba- Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana.
La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior.Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.
4. LA NATURALEZA ESTÁ FUERA DE NOSOTROS
En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoniaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.
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